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viernes, 8 de junio de 2012

La Monarquía Británica vale más de 44.000 millones de Libras



Según un informe de Brand Finance, se calcula que la Monarquía Británica tiene un valor de más de 44.000 millones d libras esterlinas y que el Jubileo Diamante de S.M. la reina Isabel II generará ganancias a la economóa británica por valor de más de 2.400 millones de libras - una cantidad muy importante si pensamos que el coste del festivo especial del Jubileo Diamante puede tener un coste de 1.200 millones de libras.

¿Cuáles son las razones para que las actividades conmemorativas del 60º aniversario de la Coronación de la Reina generen realmente tanto valor?

El valor

El informe elaborado por Brand Finance toma en consideración los activos de la Monarquía de una forma muy similar al procedimiento aplicado a otras marcas.

David Haigh, director general de Brand Finance, se muestra entusiasmado con el valor de la Monarquía: "Entre todas las marcas británicas, la Monarquía es una de las marcas más valiosas. Con independencia de lo que s epueda pensar sobre el principio constitucional, parece que hay pocas dudas acerca del hecho de que la institución de la Monarquía añade importantes ingresos anuales y un valor económico a largo plazo al Reino Unido."

El informe constata que en conjunto los activos tangibles -como pueden ser castillos y coronas- representan un valor de unos 18.000 millones de libras, y los 26.400 millones de libras restantes provienen de activos intangibles como el turismo.

Cálculo matemático

El valor se basa en una gran variedad de fuentes. El aspecto más importante son los inmuebles de la Corona, valorados en 8.285 millones de libras, seguidos de los 4.057 millones de libras de garantías reales. La categoría siguiente es  más controvertida con sus 4.039 millones de libras, ya que se trata del valor publicitario de la cobertura de la Monarquía.

Otras aportaciones significativas se calcularon pariendo del ocio, del turismo y del alojamiento, siendo los ingresos de eventos especiales, ocio y alojamientos, así como de la venta de artículos publicitarios y de recuerdos y el valor del escudo relacionados con el Jubileo de 513 millones de libras.

Todos estos valores se pusieron en comparación con los gastos más importantes, que incluyen el coste del festivo especial de 1.140 millones de libras, 3.249 millones d libras para seguridad, 845 millones de libras de gastos de los ayuntamientos y 461 millones de libras de costes de carácter civil. Otros gastos incluyen viajes, las pérdidas generadas por los ducados de Cornwall y Lancaster, gastos del gobierno, relaciones públicas y mantenimiento de las propiedades.

El informe concluye que la Monarquía hace una contribución vital y significativa a la economía del Reino Unido. Haigh añade: "Sería estúpido decir que los miembros de la Familia Real no son ricos y privilegiados. Lo místico de la institución reside en el hecho que lo son. Algunos son más ricos y más privilegiados que otros, y los hay que comentan este hecho con menos tacto. Pero, ¿no vale la pena pagar este precio?



sábado, 18 de septiembre de 2010

Joseph y Elizabeth

por Tomás Salas

Esta pareja formada por un anciano vestido de blanco -sencillo traje talar y unos zapatos de cuero rojo que le dan un toque casi medieval- y una señora, también de venerable edad, con pinta de abuelita que cuida a sus nietos en el parque y que usa sombreritos y bolsos de un gusto que debió caducar hace décadas; estas dos personas de movimientos pausados y ceremoniosos, parecen una estampa sacada de otro siglo o, al menos, con una pátina de antigüedad que salta a la vista. En estos tiempos que rinden culto a los valores de la juventud y la espontaneidad; en esta era de piercings y bermudas (o tempora, o mores) la imagen de esta ceremoniosa pareja parece un canto nostálgico a un era que se fue: un puro anacronismo, cuanto menos estético.

¿Es realmente así? El señor anciano representa a una institución, llamada Iglesia Católica, con dos milenios de antigüedad, que ha configurado, a pesar de su vocación universal, lo que llamamos Occidente desde el punto de vista cultural, espiritual y -también- político. Esta institución en su larga vida ha tenido, por supuesto, luces y sombras, pero ha sabido sobrevivir y adaptarse a los cambios con, dicho en términos deportivos, una cintura envidiable.

La señora del sombrerito, por su parte, representa una no menos vetusta entidad, la Corona Británica. También esta institución ha vivido un largo trayecto histórico, incluso en ciertos momentos ha desaparecido y vuelto a aparecer. Pero ha demostrado una suprema capacidad de adaptarse y mantener las esencias sin renunciar a la evolución. ¿Nos hemos olvidado que nuestra democracia, de la que tanto protestamos pero sin la que no sabríamos vivir, surge históricamente en la búsqueda de un pacto entre la Corona británica y el Parlamento? En ese paso de la Monarquía absoluta a la Monarquía constitucional, en ese momento en que una burguesía cada vez más pujante adquiere su parcela de poder que limita el único poder hasta ahora legítimo (la Corona), está el primero atisbo de lo que va a ser el sistema democrático. Sin ese fenómeno histórico que se llama Corona Británica con su admirable síntesis de tradición y rito con modernidad e innovación, no podemos concebir a Locke y a Stuart Mill; no podemos imaginarnos el Liberalismo; ni entendemos creaciones políticas como los parlamentos o el sufragio universal. El llamado mundo moderno y la sociedad industrial, el capitalismo y la democracia (hermanos inseparables; el primero es posible sin la segunda, pero no al contrario) tienen copyright británico.

¿Anacronismo de estos dos ancianos? Ambos son la fina destilación de un proceso histórico secular y poseen (ellos y los que representan) una sabiduría que puede mirar con ironía piadosa a los vociferantes de hoy que mañana pasarán al olvido. Representan dos de las instituciones que mejor se han adaptado a los cambios de la historia. Y dos de los pilares realmente sólidos (en tiempos de crisis, buscamos la seguridad) en los que tendremos que seguir apoyándonos en el futuro para mantener este frágil invento que llamamos civilización.