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domingo, 20 de febrero de 2011

Una sutil diferencia

El Rey, con el inteligente gesto de la semana pasada, cumple con los deberes que la Constitución le impone. Pues bien, el Congreso hace lo contrario: incumple con sus deberes a sabiendas.


El diario “El Mundo” daba a conocer el domingo pasado que el Rey había tomado la iniciativa de reunirse, por separado y en privado, con cuatro ex-presidentes del Tribunal Constitucional. Se supone que el motivo de las entrevistas es la preocupación del monarca por la actual situación del alto órgano jurisdiccional.

El Rey no tiene poderes políticos y su deber es permanecer neutral ante las disputas partidistas. Pero, como recordaba un breve comentario en el diario antes citado firmado por Secondat - pseudónimo que recordarán sin duda muchos lectores de “La Vanguardia” de los años sesenta - “el Rey no es un simple espectador de lo que acontece en la escena política sino el árbitro supremo”. En efecto, el art. 56 de la Constitución establece que “el Rey arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”.

Don Juan Carlos ha ejercido siempre esta delicada función con exquisita prudencia y una vez más así ha sido. ¿Cuál fue el tema de conversación entre el Rey y los ex presidentes del TC recibidos de forma sucesiva? Nadie lo sabe de cierto aunque se supone: se trató, sin duda, del grave deterioro que está sufriendo una institución clave de nuestra democracia debido a los interesados manejos de los partidos, en especial, en el actual momento, de los dos grandes partidos estatales. El rey no gobierna, pero modera y arbitra.

El profesor Tomás y Valiente, inolvidable ex-presidente del TC salvajemente asesinado por ETA, sostuvo que en esta función moderadora y arbitral el Rey puede conjugar muchos verbos: “escuchar, consultar, informarse y puede después recomendar, sugerir, instar, aconsejar”. Creo que, de momento, el Rey ha conjugado los tres primeros y, muy sutilmente, ha insinuado a los responsables de la situación que, si hace falta, conjugará todos los demás. Todo ello sin desbordar sus funciones constitucionales sino, precisamente, cumpliendo responsablemente con los deberes que la Constitución le impone. En efecto, cuando menos una institución, el Tribunal Constitucional, de forma reiterada no funciona de manera regular y los responsables del desaguisado siguen impasibles mirando hacia otro lado. Como dice “Secondat”, el árbitro puede sacar tarjeta roja.

Además, llueve sobre mojado. En los años en que ha estado pendiente la sentencia sobre el Estatut de Catalunya, el TC se ha convertido - con razón o sin ella, la mayoría de las veces sin ella - en la diana preferida de políticos y medios de comunicación. Pero ahora estamos en una fase distinta. Parecía que en diciembre pasado serían renovados todos los magistrados con mandato prorrogado: cumplió el Senado, que llevaba tres años de retraso, pero no el Congreso. Desde primeros de noviembre la cámara baja debe proponer a cuatro nuevos candidatos para sustituir a los actuales. No parece que haya prisa, la cuestión ha desaparecido de la agenda política y hasta se dice que la renovación no tendrá lugar hasta pasadas las elecciones generales, es decir, como mínimo hasta dentro de más de un año.

Dicho claramente, y repitiendo los mismos términos que empleó María Emilia Casas en su memorable discurso de despedida como presidenta del TC: el retraso en los nombramientos es un incumplimiento grave de un inexcusable deber constitucional. Antes decíamos que el Rey, con el inteligente gesto de la semana pasada, cumple con los deberes que la Constitución le impone. Pues bien, el Congreso hace lo contrario: incumple con sus deberes a sabiendas.

Pero a este incumplimiento de los plazos se añade otro más de fondo que dura desde hace años: el procedimiento para la designación de magistrados no se adecua a las finalidades que la Constitución pretende. El complejo sistema de designación – cuyos rasgos básicos regula el art. 159 de la Constitución – está encaminado a que los magistrados sean juristas independientes y técnicamente cualificados para cumplir con la función que tiene encomendada un Tribunal de esta naturaleza. Para conseguirlo, la designación se efectúa por tercios y los elegidos por las cámaras requieren una mayoría cualificada de sus 3/5 partes. Estas mayorías tan holgadas pretenden que los magistrados gocen de un consenso lo más amplio posible entre todos los partidos con representación parlamentaria.

Pues bien, en realidad, el amplio consenso se ha visto reducido, casi siempre, a cosa de dos, PSOE y PP, que entre ambos siempre superan la cualificada mayoría exigida. Además, estos partidos han convertido en costumbre una condición: el sistema de cuotas. Ello implica que cada partido designa libremente a sus candidatos sin acordar los nombres con el otro partido: el consenso, pues, se ha esfumado. Por ello ahora el PP acusa al PSOE de romper con esta costumbre al “vetar” a uno de sus candidatos. El consenso más amplio posible para designar magistrados ha sido sustituido por un sistema de cuotas cerradas con prohibición de veto: la finalidad constitucional ha sido claramente desvirtuada y es preciso volver a ella.

El Rey ha deslizado, astutamente, una sutil advertencia. El Congreso está más que avisado. Sólo falta que los responsables recojan el guante.

Francesc de Carreras Serra, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona (U.A.B.).



domingo, 6 de diciembre de 2009

Trigésimo primer aniversario de la Constitución Española de 1978

Cada año que pasa, las celebraciones del Día de la Constitución se le antojan a uno como la constatación de que España se encuentra en una situación política cada vez más complicada.

Este año, han sido los nacionalistas catalanes los que más han atacado al orden constitucional del Reino de España. Su Estatuto de autonomía reformado hace cuatro años y aprobado por los catalanes en un referendo con la más baja participación electoral registrada hasta aquella fecha en Cataluña y, por tanto, con una legitimidad democrática más que discutible al contar sólo con el voto favorable del 36,51% de los catalanes con derecho a voto y siendo mayoría los que se abstuvieron de ir a votar, aún está pendiente de una decisión definitiva del Tribunal Constitucional sobre la constitucionalidad de algunas de sus disposiciones manifiestamente inconstitucionales.


No es de recibo que el alto tribunal no haya sido capaz de tomar una decisión objetiva sobre un asunto de tanta importancia, ya que los estatutos son la norma fundamental inmediatamente inferior a la Constitución. De hecho, el gobierno tripartito catalán aplica dicho Estatuto sin esperar siquiera una decisión del Tribunal Constitucional, al que considera incompetente para decidir sobre los asuntos catalanes. Y no bastante con esto, la presidente del Tribunal Constitucional no sólo lleva más tiempo del permitido en su cargo, que debía haberse renovado hace ya tiempo, sino que además es sospechosa de connivencia con el entorno etarra y con los nacionalistas catalanes para los que su marido hizo un informe altamente remunerado sobre cuestiones en los que juegan intereses creados de los que se debería mantener alejada la máxima responsable del tribunal en cuestión. Foto: Sanción de la Constitución por S.M. el Rey.

Igualmente preocupante es que el gobierno de la nación no hace otra cosa que dejar pasar todo lo que se permite el tripartito catalán. Es manifiesta la intención del gobierno de Zapatero de apoyar cualquier movimiento que debilite la unidad nacional y el orden constitucional. Que se consienta al gobierno autonómico catalán cualquier exceso legal y que se mantenga a una presidente del Tribunal Constitucional sólo con tal de seguir controlando la mayoría de dicho órgano de decisión es una parte de la actitud irresponsable del gobierno. Otra que se ha sumado estos días a muchas otras actuaciones legislativas de los socialistas es que se intente restringir cada vez más las libertades individuales alegando intereses supremos como los derechos de autor. Perseguir el uso fraudulento de propiedad intelectual ajena no puede justificar en ningún caso la intervención restrictiva o censora en los medios de comunicación como son los sitios de Internet o los blogs, menos aún saltándose la mínima garantía legal que son los tribunales que deben dictar cualquier decisión de cierre o embargo de cuentas en Internet.


Cuando un estado pierde la capacidad de velar por el orden constitucional y las libertades públicas e individuales por medio de la actuación de órganos independientes del ejecutivo y del legislativo, se pone en serio riesgo todo el orden democrático de libertades encaminando al país hacia una dictadura atroz. Al combinar esta deriva antidemocrática con la pérdida constante de valores y la introducción de medios de vigilancia extrema de la vida privada de los ciudadanos (véase Sitel), la situación se vuelve aún más preocupante. Foto: Los ponentes de la Constitución.

En este trigésimo primer aniversario de la Constitución Española de 1978 el panorama es bastante desolador. Pocas son ya las actividades de los partidos y de las instituciones para festejar los logros que supuso la Carta Magna en 1978, porque definió sobre todo los derechos fundamentales de un pueblo que quería vivir en libertad y con garantías democráticas.


En Cataluña, sólo un partido defiende con entusiasmo y decisión la Constitución: C's - Ciudadanos. Como único partido presente en el Parlamento Catalán sigue defendiendo la legalidad constitucional y los derechos de todos los españoles en dicha comunidad autónoma. Ojalá todos los demás hicieran lo mismo. Pero parece prevalecer el deseo de destruir lo logrado en más de treinta años y de acabar con una convivencia en paz, prosperidad y libertad. Lo que tiene que prevalecer es la libertad del individuo, no un estado sin ley a merced de políticos irresponsables que sólo se interesan por crear realidades ajenas a la voluntad popular y que nada aportan a la vida en sociedad y en libertad. Foto: El Congreso aplaude la aprobación de la Constitución.

En días recientes, Su Majestad el Rey advirtió que el "respeto" a la Carta Magna y a las instituciones que de ella emanan, como el Tribunal Constitucional, es imprescindible para superar las "dificultades" que se pongan por delante. En plena polémica en torno a la sentencia que el tribunal debe dictar sobre el Estatuto catalán, Don Juan Carlos subrayó que su norte sigue siendo "integrar y encauzar" esfuerzos para que España progrese como "gran nación democrática, unida, moderna, diversa y solidaria".

Sería deseable que el próximo aniversario suponga una reconducción de la situación actual y que se pueda celebrar el aniversario de la Constitución sin interrogantes ni mal sabor de boca. La Constitución de 1978 ofrece muchas oportunidades nunca aprovechadas. Intentemos hacer un uso responsable de ellas en lugar de destruirla con demagogia populista, nacionalista y pseudoprogre.

¡Viva la Constitución!
¡Viva España!

¡Viva el Rey!