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domingo, 13 de enero de 2013

Cinco razones (y media) para ser monárquico

por Tomás Salas

Nuestro colaborador y amigo expone cinco motivos, y medio en favor de la monarquía parlamentaria como la mejor forma de gobierno para el estado español.
 

Me refiero, claro está, a la Monarquía europea, constitucional y parlamentaria, perfectamente limitada en sus prerrogativas y definida en sus funciones por la ley; y no a otros sistemas, que puedan ostentar la figura del monarca, pero que nada tienen que ver con nuestra tradición (la europea) ni con nuestro tiempo (los albores del siglo XXI).
La primera razón es que una figura de esta naturaleza existe en todas las democracias similares a la española: la figura política de alguien que queda un tanto al margen de la lucha partidista y del debate parlamentario, que sirve como elemento aglutinador y moderador de la diversidad ideológica y como icono representativo y simbólico del ser nacional. Una figura así parece necesaria y es ocupada -jugando un papel bastante parecido- por un presidente o por un monarca. Se observa la conveniencia de quede cierto margen neutro, un espacio donde no entre la pura y legítima confrontación democrática. No ocurre así en ciertas naciones de sistema presidencialista (EEUU, Francia) en los que se asume con normalidad que el Jefe del Estado, a a la vez que defiende los intereses supremos de la nación, maniobre en favor de un partido; y hace las dos cosas sin contradicción. Estos países tienen un fuerte sentido nacional y una sólida cohesión territorial, por lo que la confrontación política nunca pone en entredicho los valores sustantivos del ser nacional. 
Si la función es necesaria -aquí entra la segunda razón-, ¿por qué buscar una solución fuera cuando es un problema que está resuelto? No se trataría en ningún caso de suprimir la función (la figura de una magistratura suprema al socaire de las confrontaciones políticas), puesto que en España sería impensable una república presidencialista al modo americano. Se trataría, en todo caso, de cambiar la naturaleza y el modo de elección de esta magistratura. Pero, ¿con qué ventajas? Me refiero a ventajas prácticas, funcionales. Cambiar una figura por otra que tenga los mismos contenidos constitucionales no puede suponer (repito: desde un punto de vista funcional y práctico) avance o retroceso; en todo caso, un riesgo, una apuesta incierta y azarosa. 
La tercera razón: la monarquía constitucional nos sitúa dentro de un club cuyo número de miembros es reducido, pero selecto. Países que están a la vanguardia del desarrollo económico, social y cultural: Bélgica, Holanda, Dinamarca, Reino Unido, Suecia… No debe importarnos estar en un grupo con socios de esta calidad. En ninguno de estos países parece que la Corona haya sido un freno para los avances sociales, más bien ha contribuido a crear el clima de estabilidad y seguridad que los ha propiciado. 
La cuarta razón es quizá la más repetida y obvia. La Corona en España aporta un factor de continuidad, de estabilidad y cohesión en un país que históricamente ha mostrado una genética tendencia la dispersión, al individualismo, a hacer cada cual de su espacio, territorial o ideológico, un lugar irreductible. En España cualquier barrio disperso sueña con ser un municipio con ayuntamiento propio; cualquier región quiere formar un Estado. Hay una tendencia nunca vencida completamente a separarse del todo abarcador, a romper los vínculos de unidad. La institución de la Corona no soluciona este problema, que no sabemos si tendrá solución, pero lo mitiga, amortigua su dinámica disgregadora.
La quinta razón proviene de la experiencia histórica. Las dos experiencias republicanas han sido momentos de grave desestabilización y de profundos conflictos; momentos en los que -con expresión de Julián Marías- se rompe la concordia. La primera república (1873-1874) provocó situaciones que hoy nos resultan casi más cómicas que trágicas. Pequeños pueblos y pedanías que se declaran cantones independientes; cuatro presidentes en once meses y uno de ellos, Estanislao Figueras, que huye a Francia tomando distancia de una situación que consideraba una insostenible locura. La segunda (1931-1936) nunca llegó a cuajar como un sistema abarcador de toda la sociedad española. Le faltó el sentido de la convivencia y la tolerancia, el espíritu integrador. Se ahogó impulsada por los radicalismos, apartando y desengañando a muchos republicanos moderados que, en principio, la apoyaron. Ninguna de estas dos etapas debe ser un modelo, una aurea aetas ideal a la que haya que volver.
La última razón (la media) es más bien un sinrazón. Me parece que los republicanos españoles, al menos los que se declaran como tales de forma más ostentosa, no tienen muy claro lo que significa esta forma de Estado en nuestro contexto geo-político y en nuestra época. Ellos identifican la república con un cambio social progresivo, con una sociedad más justa, equitativa y respetuosa con los derechos. Esto pudo ser una realidad en 1793 cuando, con la cabeza de Luís XVI, caía un sistema supuestamente oligárquico y se abría la posibilidad de un Estado de ciudadanos libres e iguales. Asimismo en el proceso de independencia de las colonias americanas, en el que la república es el movimiento liberador frente a la monarquía de la metrópoli. La monarquía es el Ancien Régime y la república es el nuevo tiempo abierto a los cambios igualitarios. Un espíritu parecido movió a los republicanos españoles (a algunos, a los moderados) de 1931: evolucionar hacia un sistema más democrático y socialmente avanzado. Pero, ¿puede haber alguien que piense en serio que en la España actual un cambio de esta naturaleza propiciaría una sociedad más justa, una profundización de nuestros derechos? Una posible III República española seguiría siendo un país con economía de mercado, banqueros, obispos y ejércitos; nuestros derechos serían los mismos que la actual Constitución contempla y nuestro sistema de organización territorial no podría -sin peligro serio- ser más descentralizado. Quienes crean que el cambio en la forma de Estado conlleva estos cambios sociales, más que en las ideas, están equivocados en la época. 

sábado, 9 de junio de 2012

Cinco razones (y media) para ser monárquico


por Tomás Salas

Me refiero, claro está, a la Monarquía europea, constitucional y parlamentaria, perfectamente limitada en sus prerrogativas y definida en sus funciones por la ley; y no a otros sistemas, que puedan ostentar la figura del monarca, pero que nada tienen que ver con nuestra tradición (la europea) ni con nuestro tiempo (los albores del siglo XXI).

La primera razón es que una figura de esta naturaleza existe en todas las democracias similares a la española: la figura política de alguien que queda un tanto al margen de la lucha partidista y del debate parlamentario, que sirve como elementos aglutinador y moderador de la diversidad ideológica y como icono representativo y simbólico del ser nacional. Una figura así parece necesaria y es ocupada -jugando un papel bastante parecido- por un presidente o por un monarca. Se observa la conveniencia de quede cierto margen neutro, un espacio donde no entre la pura y legítima confrontación democrática. No ocurre así en ciertas naciones de sistema presidencialista (EEUU, Francia) en los que se asume con normalidad que el Jefe del Estado, a a la vez que defiende los intereses supremos de la nación, maniobre en favor de un partido; y hace las dos cosas sin contradicción. Estos países tienen un fuerte sentido nacional y una sólida cohesión territorial, por lo que la confrontación política nunca pone en entredicho los valores sustantivos del ser nacional.

Si la función es necesaria -aquí entra la segunda razón-, ¿por qué buscar una solución fuera cuando es un problema que está resuelto? No se trataría en ningún caso de suprimir la función (la figura de una magistratura suprema al socaire de las confrontaciones políticas), puesto que en España sería impensable una república presidencialista al modo americano. Se trataría, en todo caso, de cambiar la naturaleza y el modo de elección de esta magistratura. Pero, ¿con qué ventajas? Me refiero a ventajas prácticas, funcionales. Cambiar una figura por otra que tenga los mismos contenidos constitucionales no puede suponer (repito: desde un punto de vista funcional y práctico) avance o retroceso; en todo caso, un riesgo, una apuesta incierta y azarosa.

La tercera razón: la monarquía constitucional nos sitúa dentro de un club cuyo número de miembros es reducido, pero selecto. Países que están a la vanguardia del desarrollo económico, social y cultural: Bélgica, Holanda, Dinamarca, Reino Unido, Suecia… No debe importarnos estar en un grupo con socios de esta calidad. En ninguno de estos países parece que la Corona haya sido un freno para los avances sociales, más bien ha contribuido a crear el clima de estabilidad y seguridad que los ha propiciado.

La cuarta razón es quizá la más repetida y obvia. La Corona en España aporta un factor de continuidad, de estabilidad y cohesión en un país que históricamente ha mostrado una genética tendencia la dispersión, al individualismo, ha hacer cada cual de su espacio, territorial o ideológico, un lugar irreductible. En España cualquier barrio disperso sueña con ser un municipio con ayuntamiento propio; cualquier región quiere formar un Estado. Hay una tendencia nunca vencida del todo a separarse del todo abarcador, a romper los vínculos de unidad. La institución de la Corona no soluciona este problema, que no sabemos si tendrá solución, pero lo mitiga, amortigua su dinámica disgregadora.

La quinta razón proviene de la experiencia histórica. Las dos experiencias republicanas han sido momentos de grave desestabilización y de profundos conflictos; momentos en los que -con expresión de Julián Marías- se rompe la concordia. La primera república (1873-1874) provocó situaciones que hoy nos resultan casi más cómicas que trágicas. Pequeños pueblos y pedanías que se declaran cantones independientes; cuatro presidentes en once meses y uno de ellos, Estanislao Figueras, que huye a Francia tomando distancia de una situación que consideraba una insostenible locura. La segunda (1931-1936) nunca llegó a cuajar como un sistema abarcador de toda la sociedad española. Le faltó el sentido de la convivencia y la tolerancia, el espíritu integrador. Se ahogó impulsada por los radicalismos, apartando y desengañando a muchos republicanos moderados que, en principio, la apoyaron. Ninguna de estas dos etapas debe ser un modelo, una aurea aetas ideal a la que haya que volver.

La última razón (la media) es más bien un sinrazón. Me parece que los republicanos españoles, al menos los que se declaran como tales de forma más ostentosa, no tienen muy claro lo que significa esta forma de Estado en nuestro contexto geo-político y en nuestra época. Ellos identifican la república con un cambio social progresivo, con una sociedad más justa, equitativa y respetuosa con los derechos. Esto pudo ser una realidad en 1879 cuando, con la cabeza de Luís XVI, caía un sistema supuestamente oligárquico y se abría la posibilidad de un Estado de ciudadanos libres e iguales. Asimismo en el proceso de independencia de las colonias americanas, en el que la república es el movimiento liberador frente a la monarquía de la metrópoli. La monarquía es el Ancien Régime y la república es el nuevo tiempo abierto a lo cambios igualitarios. Un espíritu parecido movió a los republicanos españoles (a algunos, a los moderados) de 1931: evolucionar hacia un sistema más democrático y socialmente avanzado. Pero, ¿puede haber alguien que piense en serio que en la España actual un cambio de esta naturaleza propiciaría una sociedad más justa, una profundización de nuestros derechos? Una posible III República española seguiría siendo un país con economía de mercado, banqueros, obispos y ejércitos; nuestros derechos serían los mismos que la actual Constitución contempla y nuestro sistema de organización territorial no podría -sin peligro serio- ser más descentralizado. Quienes crean que el cambio en la forma de Estado conlleva estos cambios sociales, más que en las ideas, están equivocados en la época. 

domingo, 26 de febrero de 2012

En defensa del Rey

Urdangarín está a punto de comparecer ante un tribunal y aquí parece que se ha abierto la veda contra la monarquía en general. En un país normal, el posible procesamiento del yerno del Rey daría una imagen positiva de que vivimos en un país democrático en el que cualquiera puede ser condenado si delinque. Pero no, estamos asistiendo a un auténtico linchamiento mediático no ya del Sr. Urdangarín, saltándonos, dicho sea de paso,  lo de la presunción de inocencia, sino de la propia figura del Rey. 

IU, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, trata de rentabilizar el caso preguntando a la Casa Real por el papel del Rey en el 23-F. A estas alturas. Personalmente la campaña de prensa antimonárquica desatada a raíz del caso Urdangarín me parece escandalosa, bochornosa y vergonzante. Primero, porque es contraproducente e irresponsable aprovechar un caso aislado para estigmatizar una institución que por lo demás ha resultado hasta ahora ejemplar. Y segundo, porque es profundamente injusto olvidar que nuestro Rey ha conseguido que España pasara de la dictadura a la democracia en una Transición que aún resulta modélica en el mundo entero. Que ha ejercido impecablemente su papel de árbitro entre las fuerzas políticas asegurando alternancias pacíficas de gobierno. Que se trata de una de las figuras más respetadas internacionalmente, con un prestigio que no ha dudado en utilizar en reiteradas ocasiones para defender los intereses españoles en el mundo entero. 

El Rey es, pues, una garantía de estabilidad y de prestigio exterior de España. Y ese capital atesorado a lo largo de casi cuatro décadas no puede ser frívolamente puesto en tela de juicio porque, como estamos en un Estado de Derecho, en el caso de que se demuestre que el Sr. Urdangarín ha delinquido, pueda ser castigado con arreglo a la legalidad vigente en las mismas condiciones que cualquier otro español. Majestad, somos muchos españoles los que seguimos estándole agradecidos y estamos convencidos de que es la mejor garantía para la estabilidad del Estado. Así que mucho ánimo y todo nuestro apoyo en unos momentos tan difíciles.

Bruno Aguilera-Barchet
Catedrático de Historia del Derecho y las Instituciones 
Universidad Rey Juan Carlos I

Fuente: La Razón



lunes, 17 de noviembre de 2008

La Corona: críticas y razones

Juan Carlos I

Los argumentos empleados para atacar la monarquía por parte de sus contrarios en la actualidad son, en realidad, críticas gratuitas a su figura. Aunque el comunismo vaya quedando atrás (y en España se haya suicidado), el republicanismo está en alza y es aplaudido por ciertos sectores del espectro político español. De hecho, la monarquía está en horas bajas ya que desde hace unos meses la derecha capitalista también se ha sumado a combatirla.

Si se preguntara a los sectores republicanos de la sociedad, seguramente  darían argumentos tan volátiles para que se le aparte de la Jefatura del Estado como decir que es “demasiado caro”, “no fue democráticamente elegido” o que “no es necesario”. En realidad, los datos que expongo a continuación, me dan razones económicas, democráticas y pragmático-utilitaristas para apoyar a S.M.

Considerar que el rey es un jefe de Estado “caro”, a día de hoy no tiene ni pies ni cabeza. De hecho, es el Jefe de Estado más barato de cuantos podemos encontrarnos en la geografía europea, que no es precisamente monárquica. Mantener la monarquía española cuesta 19 céntimos de euro por español y año -8 millones de euros-, lo cual se queda en nada comparado con otros precios europeos: por poner un ejemplo, la presidencia de la República italiana de Giorgio Napolitano dilapida en sus presupuestos 4 euros de cada italiano cada año-235 millones de euros-. Pragmáticamente, queda claro que es más barato para el ciudadano europeo una monarquía parlamentaria que una república, pues la monarquía europea más cara es la inglesa de Isabel II, con 55 millones de euros anuales de presupuesto, lo que hace que le cueste a cada inglés 92 céntimos anuales. La monarquía más cara por ciudadano es la sueca, que pagan 1,16 euros anuales -tiene un presupuesto de 10.5 millones de euros-.

Dicho esto, parece que considerar al monarca español como “caro” es un argumento infundado y erróneo. Ahorramos dinero en impuestos manteniendo nuestro actual sistema de Gobierno que el propuesto por los republicanos. El considerar como algo “arcaico” a la monarquía y desterrarla sale caro y, además, es menos funcional.

Otro argumento que no tiene ni pies ni cabeza es que la II República fue popularmente elegida y que la Monarquía es “un fenómeno del pasado” y que no contó con el apoyo popular. En realidad, es justo lo contrario. Aquél sistema de gobierno no puede considerarse que fuera elegido por el pueblo, como ya expliqué en un post anterior, y que la Monarquía española a cuya cabeza está (y estaba en su momento) el Rey Juan Carlos I sí ganó un referéndum. El monarca está donde está hoy porque fue elegido con la aprobación del 94.45% de los españoles en elReférendum sobre la Ley para la Reforma política. La cifra es, realmente, estremecedora y, por tanto, este argumento carece otra vez de validez.

De esta forma, su figura entra en la Constitución actual por aclamación popular (teniendo en aquel momento sólo a un 5% en contra ) en el artículo 1.3, La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria. No hay duda de que fue lo querido por el Pueblo español.

El último argumento y más insulso es que “no es útil”, como si un presidente de la República lo fuera. Lo cierto es que la Constitución de 1978, librito que no se molestan en abrir los antimonárquicos, estipula que la Monarquía española tiene competencias tanto representativas como efectivas. Las primeras recaen en el rey como “personificación de la Corona”, y que comparte con cualquier otro Jefe de Estado, del régimen; son:

  1. Jefe del Estado
  2. Símbolo de su unidad y permanencia
  3. Árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones.
  4. Representación a nivel internacional.

Las segundas, las denominadas “efectivas“:

  • De carácter general
  1. Mando supremo de las Fuerzas armadas, se atribuye directamente al Rey, aunque no puede ejercerse sin refrendo, parece que puede corresponder al Rey, cierta iniciativa.
  2. Ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley, no pudiendo autorizar indultos generales.
  3. Patronazgo de las Reales Academias.
  • El rey y el poder ejecutivo
  1. Proponer el candidato al Presidente del Gobierno, y en su caso, nombrarlo, esta es la facultad constitucional que tiene mayor transcendencia política.
  2. Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su presidente.
  3. Expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros y conferir los empleos civiles y militares y conceder honores y distinciones con arreglo a las leyes.
  4. Ser informado de los asuntos del Estado y presidir cuando estime oportuno las sesiones del Consejo de Ministros siempre a petición del Presidente del Gobierno.
  • En relación con el poder legislativo
  1. Sancionar y promulgar las leyes. Esta potestad del rey, constituye un reflejo del poder legislativo que en otros momentos encarnaba el rey. El rey no se puede negar, que dispone para ello de quince días.
  2. Convocar y disolver las Cortes y convocar elecciones, según los términos previstos en la Constitución. Esta prerrogativa precisa el refrendo del Presidente del Congreso y en otro caso precisa la propuesta del Presidente del Gobierno.
  3. Convocar referéndum en los casos previstos en la Constitución, mediante propuesta del Presidente del Gobierno.
  • Política internacional
  1. Acreditar a los embajadores y otros representantes diplomáticos
  2. Al rey le corresponde manifestar el consentimiento del Estado para obligarse internacionalmente por medios de tratados, de conformidad con la Constitución y las leyes, es distinto el órgano al que corresponde prestar el consentimiento y el Rey, al que corresponde manifestarlo.
  3. Al rey le corresponde previa autorización de las Cortes Generales declarar la guerra y hacer la paz.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Payne: «Quien defienda la República en España merece estar en un manicomio»

El prestigioso hispanista norteamericano Stanley Payne calificó de «trance muy complicado» y de «inédito» el momento que atraviesa España y advirtió sobre los desastres que puede traernos el «nuevo movimiento republicano».

El historiador recordó que la experiencia republicana en España «ha sido desatrosa, pues la Primera colapsó el país y la Segunda lo dividió en una Guerra Civil». «Si con esta experiencia alguien cree que la República puede ser en este momento una solución para España, merece estar apartado en un manicomio», afirmó, intentando suavizar con sentido del humor su seria advertencia.

Payne hizo estas afirmaciones a un grupo de periodistas españoles después de pronunciar una conferencia en la Cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad de Georgetown sobre «La España del siglo XXI: logros y retos», en la que hizo un repaso a la historia reciente de nuestro país tras la muerte de Franco y a la que asistió Don Felipe, que se encontraba de visita oficial en Washington.


No sólo la izquierda radical


El hispanista excluyó de esta tendencia republicana al «hombre de la calle, que no está politizado», y apuntó a «la extrema izquierda, a algún sector del Partido Socialista y a los ex comunistas, la llamada «izquierda hundida»», una minoría que, según explicó, no valora lo que significó la Transición de España a la democracia.

En su opinión, «el nuevo movimiento republicano hasta ahora no ha creado grandes dificultades, pero no sabemos qué va a ocurrir en el porvenir, porque pasar de la actual Constitución y de la actual estructura del Estado, instaurar la República o hacer una Segunda Transición será desastroso para España».

No obstante, Payne matizó que aunque un cambio drástico de sistema sería catastrófico, «otra cosa es reformar la Constitución, porque toda Constitución es reformable y, a veces, incluso deseable».

También se refirió en sus declaraciones al problema del nacionalismo radical, motivado por «la ausencia en la Constitución actual de un techo» que limite la transferencia de competencias a las Comunidades. En este sentido, añadió que conseguir que la estructura del Estado sea «estable» corresponde al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, algo que, en su opinión, «ha funcionado en el caso catalán, pero es mucho más difícil en el caso vasco», ya que implicaría una reforma de la Constitución no modesta, ni marginal y «éste es uno de los peligros» que amenazan a España.

Preguntado sobre la incapacidad que demuestran los dos grandes partidos, PP y PSOE, de ponerse de acuerdo sobre temas fundamentales, como la reforma de la Constitución, las autonomías y el terrorismo, Payne quiso ser prudente: «Hay que ver qué propuesta y en qué términos hace el Gobierno y cómo responde el PP. Pero será complicado, sobre todo en el caso vasco, porque hay exigencias enormes que son muy difíciles de satisfacer dentro de los moldes democráticos».

Además, aludió al «Gobierno interno del País Vasco» y afirmó que en esta Comunidad «no se respetan los derechos constitucionales, democráticos y civiles como se respetan en el resto de España. Hay un problema de abandono de los ciudadanos del País Vasco. El gobierno de nacionalismo radical, en varios aspectos, restringe los derechos. Este cinismo es un gran problema».

Payne, profesor emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, es autor de numerosos libros sobre España. El último publicado es «El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-36)».

jueves, 4 de septiembre de 2008

La opinión de un joven monárquico serbio

Milan Krstić, joven estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Belgrado

Queremos dar publicidad a esta entrevista realizada con un joven serbio que da sus razones por las que apoya la restauración monárquica. La entrevista está transcrita en inglés y se ha publicado en el blog de nuestros amigos serbios de la Iniciativa Monárquica.

When I was a kid, I heard for the first time that we used to have a king, it was, like, when I was watching „The Written Offs“ TV show and I saw some bad guys who accompanied the Germans, so I asked „Why don’t those Germans look like the other ones, why do they have long beards, why do they wear fur hats?“, and I was told „Why, they’re chetniks“. I said „Chetniks, they’re Croats?“ assuming that because Croats were quislings, „No, chetniks are not Croats“. „How can they not be Croats, who are chetniks then, if they are neither good guys, nor partisans, nor ours, nor Germans?“ „Well, chetniks are ours, but they are the bad guys, you know, they used to support the king.“ „So why are they bad guys if they were for the king?“ „Well, you know, etc, etc... never mind... of course, later I learned much about who chetniks really were, and basically, then started thinking about monarchy, separating absolutism from modern monarchy. It was some time later that I was able to make difference between those two rather difficult concepts, which means when I was 13 or 14. So, I could say I became a monarchist as a kid, because I liked the fact that we did have a king, and because ethnic pride seemed much more appealing to me with a king, than with a communist dictator.

The concept of monarchy has remained attractive to me, it’s something I think is great, for pragmatic reasons. So, at first it was a protest against history written by victors after WW2, and later it became a realistic vision of our country’s future.


I think monarchy is a superior way of connecting nation and faith with a modern national state. Modern state must be secular, it must not depend in any way on church, and church must not depend on state either, so I think monarch is an ideal link between church and state, i.e. faith, tradition and modern state. It is the only institution, in my opinion, that should constitute a symbolic bond between those two entities, and on the other hand, enable them to function smoothly. In other words, to make the continuity of civil state possible, above all.


That’s why I believe there should be some kind of national program that would be championed by monarch. Not using any instruments of force, but his/her moral authority, that should be inherent. This program should be based on really crucial issues in the next, say, fifty years, and that would be European integrations, which really are essential for our country because of the economic development, and preservation of national identity, which is more than destabilized today. And, of course, it should aim for clearing the true patriotism from chauvinism, which is more and more aggressive.

In turbulent situations, such as the ones we have had in the last couple of months, I think it’s good to have a sort of monarch’s approval, which would be a way for him/her to take the role of an ombudsman, i.e. champion of citizens, and defend their rights from other state institutions that at a particular moment are not capable of performing their duties. In that way, a monarch would become the defender of constitution (of course, it is the Constitutional Court that primarily protects the constitution, and the king is not outside its jurisdiction, he is not above the constitution, but he is the defender of the people, in accordance with the constitution, against other state institutions). It is one of the foundations of the British monarchy, limitation of the state’s authority over individual, protection of the freedom of individual. Communists and their propaganda used to claim how it was monarchy that restricted the freedom of individual, and it was the case in absolute monarchies, but modern concept of monarchy is precisely opposite of that. Modern monarchy has reinsured the freedom of individual, and not just in modern times, but in England since 1215, since Magna Carta Libertatum. I believe that such concept of monarchy would be ideal for Serbia as a modern, civil, liberal, and at the same time national state.