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domingo, 29 de agosto de 2010

Entrevista con Rafael de Aguilar Poyatos, Conde de Bobadilla: ´El Príncipe eligió a Letizia porque sabía que ella cumpliría con su papel institucional´

El Fundador de la revista digital ´Numem´, defiende en una entrevista concedida al Diario de Mallorca el papel de la monarquía por haber traído la estabilidad a España


ESTEBAN MERCER. PALMA. Rafael de Aguilar Poyatos es hijo del Marqués de la Vega de Armijo, jefe de la noble Casa de Aguilar, una de las más antiguas de España ya que desciende de la antigua casa real de la Cerda, la primigenia de Castilla. Su título, Conde de Bobadilla, fue concedido por Carlos I y es uno de los más antiguos de Andalucía. Esta emparentado con las principales familias de la nobleza española y también con la mallorquina, donde tiene a muchos de sus amigos y seguidores. En un verano donde se ha cuestionado como nunca el comportamiento y la función de los Príncipes de Asturias, el creador de la revista digital Numen sale en su defensa para demostrar que entre los suyos cuentan y contarán con fidelidades absolutas, que los valoran y apoyan para el futuro.

­–¿Qué significa llevar un título nobiliario en el siglo XXI?
–Tener nobleza de sangre y ostentar un título nobiliario supone para mí una mayor autoexigencia. Cualquiera que ha tenido que representar a una persona o a una empresa en algún momento de su vida sabe la responsabilidad que eso implica. Nosotros representamos a nuestras familias siempre, de generación en generación, perpetuando la memoria de un hecho histórico o un servicio prestado al Rey y al Estado.

–¿No parece que hoy el Rey no presta demasiada atención a la nobleza titulada?
–No estoy de acuerdo con esta afirmación. El Rey sigue concediendo títulos nobiliarios para premiar servicios, y eso es porque sigue considerando que ennoblecer es una forma valida para distinguir y honrar a una persona y a sus descendientes. La nobleza debemos al Rey el que nos haya firmado las cartas de sucesión. Todos los que somos titulados es porque el Rey nos ha autorizado para ello. Es incomprensible que alguien pida su firma y después no le guarde fidelidad. Don Juan Carlos representa a España y a su historia, y uno de los pilares de la nobleza es guardarle fidelidad y aceptar sus decisiones.

–Pero algunos cuestionan su proceder, por ejemplo, que no tenga corte de nobles...
–La Constitución es muy clara y hay que acatarla. La Corona simboliza la continuidad y permanencia del Estado y ha tenido una gran importancia en la historia de España, creada a partir de conquistas y matrimonios de reyes. Me duele que la Corona tenga que sufrir provocaciones e insultos injustificados y se obvie casi siempre su contribución al bien común, que ha sido y es enorme. Los Reyes son hoy los principales embajadores de España, no es algo baladí, porque tiene una traducción en la política internacional importantísima. Al Rey le debemos además el haber capitaneado un Estado democrático. No es poco haber evitado convulsiones y haber proporcionado un periodo de estabilidad como nunca antes en la historia de nuestro país.

–¿Y el Príncipe? ¿Qué opina de su matrimonio con doña Letizia?
–Es un hombre que lleva toda la vida preparándose para suceder a su padre. No hay que esperar nada que no esté ya previsto. Es el príncipe heredero mas preparado de toda Europa. Los reyes se han ofrecido siempre, incluso en holocausto genético, en una política matrimonial que fuera beneficiosa para el Estado. Hoy, la política matrimonial no exige estos sacrificios porque la situación ha cambiado. Me parece bien que el Príncipe elija por amor a su mujer. La princesa Letizia lo esta haciendo bien, es discreta, sabe estar, y eso se ve porque en todos estos años no ha cometido grandes errores.

–Sin embargo este verano ha sido muy criticada…
–El Príncipe es un hombre con gran sentido de Estado y la eligió con sentido de responsabilidad, sabiendo perfectamente que sería capaz de cumplir con su papel institucional al margen de lo que significaba su matrimonio a nivel privado. Son personas, se aman, han querido formar una familia y no hay nadie que pueda criticar algo tan bonito que además supone un servicio al Estado. Se critican tonterías sin importancia que la realidad se encarga de desmentir continuamente. Lo están haciendo muy bien.

–¿Su revista digital Numen es un gran foro monárquico?¿Como nace?
–En el año 2002, mientras escuchaba un discurso que el Rey ofrecía ante la Diputación de la Grandeza de España y la que se impulsaba la entrada de toda la nobleza en la institución. Recalcó la idea de servicio que deben tener todos los nobles, así como su obligación de transmitir una serie de valores morales a las nuevas generaciones. Pensé que una buena forma de contribuir era fundar una revista que sirviera a estos objetivos. Es una revista de excelencia que potencia ese adjetivo a veces tan denostado. El éxito ha sido tal que exige mi dedicación a tiempo completo. Destacamos a todas aquellas personas, de la nobleza o no, que tienen un merito sustantivo, un merito de verdad. Y sí, nos aglutinamos en torno a la monarquía porque creemos en ella.

martes, 14 de abril de 2009

El 14 de abril y sus equívocos


por Tomás Salas

14 de abril, aniversario de la llegada a España de la II República, traerá como siempre recuerdos, celebraciones y debates (pienso que minoritarios, porque no es éste un tema que preocupe masivamente a la sociedad española actual). A esta efemérides quiero hacer mi aportaciones con algunos breves asertos, que intentan arrojar algo de luz, o por lo menos disipar un poco de niebla, sobre  equívocos acerca del tema, que andan por ahí campando por sus respetos,  oficiando de verdades.  

Primero. La República llega a España de una forma “democrática” y “legal”. Nada más lejos de la realidad. Se trató de una crisis profunda, espoleada por los resultados de una de unas elecciones municipales (que se ganaron ampliamente), mezclada con equívocos y un tremendo desánimo del entorno monárquico. Esto provoca un vacío de poder que es aprovechado por el Comité Revolucionario (luego Gobierno Provisional) que se apodera de los resortes del poder sin encontrar obstáculos. No hay violencia física, pero al Rey se le dan 24 horas para que salga de España. El nombre que mejor cuadra a este fenómeno histórico es “golpe de Estado”, incruento, como lo fueron otros en la historia de España, pero contundente. La famosa y repetida “legalidad republicana” podría haber llegado, por ejemplo, por un referéndum, pero éste nunca existió. Y  puestos a ser escrupulosos en este terreno, hay que decir que la República comienza rompiendo  (y por tanto cometiendo un acto ilegal) la legalidad monárquica, que también era real y se basaba en la Constitución de 1876.  

Segundo. Con la República llega a España, por vez primera, un gobierno de la izquierda. Este es una verdad a medias. En el gobierno provisional había hombres inequívocamente de izquierdas, como Fernando de los Ríos o Largo Caballero, pero también conservadores que venían de la política monárquica y se habían cambiado de bando, como Miguel Maura  o el primer Presidente, Alcalá-Zamora. Incluso Azaña es un liberal radical y laico, pero burgués. Es más: identificar la política de la República con la política de la izquierda fue el gran fallo de fondo que condujo al fracaso final. Esta triste historia tuvo varios episodios importantes; por ejemplo, la no aceptación del triunfo de la CEDA; la revolución de 1934; o  la proclamación unilateral de la “República catalana”. No se quiso dejar espacio a una derecha  y a un sector católico que estaba dispuesto a adaptarse al nuevo sistema, siguiendo aquella famosa doctrina de la “accidentalidad de las formas de gobierno”.  

Tercero. Con el cambio político llega una edad brillante en la educación y en la cultura, la llamada “Edad de Plata” de la cultura española. A este tópico he dedicado mi artículo “El mito de la cultura republicana” (puede leerse en  www.ellibrepensador.com)  donde recuerdo algunos datos, por otro lado evidentes: la mayoría de los aciertos  e instituciones que se atribuyen al nuevo sistema (Junta de ampliación de Estudios, Institución Libre de Enseñanza, Universidad Central), tienen su fecha de inicio en la época de Alfonso XIII. La mayoría de las obras significativas de la Generación de 1927, que, según algunos,  parece que nació por generación espontánea en 1931, son anteriores  a esta fecha. El ambiente de holgura y libertad intelectual de la época final de Alfonso XIII permitió que brotaran algunas de las mejores obras de Lorca, Alberti o Aleixandre. También de Unamuno, Baroja, Ortega… en fin, toda esa magnífica pléyade que configuraron un nuevo Siglo Áureo en   nuestra cultura, cuya labor intelectual se rompe o distorsiona dramáticamente con la guerra, pero que, en todo caso, tiene su arranque en fecha anterior a 1931. 

Cuarto. Establece un sistema y una Constitución que son los primeros en nuestra historia que merecen llamarse democráticos. Esto es también discutible. Hay está el texto de la Constitución de 1936 (cualquiera puede leerla en la Red) artículos que no respetan la liberad religiosa ni la de enseñanza,  prohibiendo las órdenes religiosas y su actividad educativa y disolviendo, aunque de forma subrepticia e indirecta, la Compañía de Jesús. Este solo hecho la invalida como constitución democrática, porque la libertad es indivisible; y basta con conculcar una libertad para destruir el sistema. Hay algo más grave: no se supo hacer un sistema que sembrase la concordia, que acogiese a todos los españoles en su diversidad, donde todos se sintieran cómodos. Por el contrario, casi siempre se hizo política “contra” alguien; no faltó la agresividad (verbal en ocasiones y, en otras, física). Si se me permite el juego de palabras, la República tuvo algo de democrática, pero poco de liberal. La Monarquía alfonsina quizá no fuese tan democrática, o lo era de una forma limitada, pero sí era más liberal: había en ella un ambiente de confianza y convivencia  entre de gentes distintas ideologías. Eran los usos del antiguo  y amable liberalismo,  que se evaporaron con el cambio de régimen. 


domingo, 1 de marzo de 2009

El mito de la cultura republicana

por Tomás Salas  

La cultura española vive en la primera mitad del siglo XX, sobre todo en las décadas de los 20 y 30, un periodo de brillantez, que ha hecho que se hable de la  “Edad de Plata” de la cultura española. Por diversas razones, siempre que se habla de la II Republica española, se asocia a la  masiva participación en ella de un sector intelectual y la brillantez cultural. Y se termina a veces identificando esta Edad de Plata con la etapa del 1931 al 1939, lo que está lejos de la realidad.  

En cuanto a  la primera afirmación (la fuerte implicación de la clase intelectual), hay que decir que no se trataba, en contra de lo que pueda parecer hoy,  de unos  intelectuales fuertemente politizados Hay, por el contrario, en el mundo cultural y académico de la última etapa de Alfonso XIII un ambiente de pluralidad y convivencia entre distintas opciones políticas y religiosas, que luego se perdió. Se ha llegado a hablar, de una forma hiperbólica, de una “República de los profesores”. Pero más que un republicanismo doctrinario y radicalizado en el sentido ideológico, en el mundo intelectual existía la esperanza en un cambio hacia un sistema más justo, más a la altura de los tiempos, ante un régimen que claramente muestra señas de agotamiento y exige profundas reformas. El modelo de esta actitud es Ortega; pero también Marañón, Menéndez Pidal, Julián Marías y tantos otros.   

Por otro lado, la  brillantez y altura  de este momento de la cultura española no va unida al sistema republicano o, al menos, no hay una relación de causa-efecto entre estos fenómenos. Ni siquiera hay una coincidencia cronológica. Se  asocia este resurgir cultural a la República, cuando en realidad es un fenómeno que viene de la etapa anterior y, en cierta forma, independiente de los condicionamientos políticos. Hay que reconocer que el nuevo régimen realiza una labor interesante en el campo cultural y educativo, pero se olvida con frecuencia que la mayoría de las instituciones e iniciativas eran anteriores.  

Doy unos pocos datos, por otro lado bastante conocidos. La famosa  Institución Libre de Enseñanza se funda en 1876. La Junta de ampliación de Estudios, que tanto se pone como ejemplo de apertura de España a la cultura exterior, procede de 1907. La tan ponderada Facultad de Filosofía se instala en la Ciudad Universitaria en 1927, en pleno reinado de Alfonso XIII y, por cierto, en unos terrenos cedidos por el mismo rey. García Morente, alma de aquella Facultad, llega a decano en 1926  y fue Subsecretario de Instrucción pública en 1930, siendo ministro Elías Tormo. Todas estas fechas son anteriores a 1931 y se encuadran, por tanto, en la etapa de la Restauración. En fin, hágase una comprobación fácil y que a alguno sorprenderá: véanse  las fechas de las obras  más importantes de la Generación del 1927 y compruébese las que son anteriores y posteriores a 1931. Obras como “El romancero gitano”, “Marinero en tierra”, “Ámbito”  o “Platero y yo”  (la lista se podría alargar casi indefinidamente) se publicaron en aquella “oscurantista” España de los Borbones. Eso, por no hablar de la pintura, la música, la arquitectura. Todo esto quiero decir que hay una continuidad de la cultura española (idea muy querida por lo mejor del  pensamiento liberal español) que mantiene su vitalidad a los largo de la historia y que, de alguna manera, es independiente del condicionamiento político e, incluso, de la falta de libertades (ya que esa labor sigue en parte durante la época de Franco). Esa vitalidad de la cultura española no es obra de la Republica ni de la Monarquía. Pero (¿por qué no decirlo?) en el ambiente de concordia y libertad que se vivió en buena parte del reinado de Alfonso XIII, encontró un buen caldo de cultivo. 

martes, 17 de febrero de 2009

Dos etapas históricas

¿Tienen algo en común el régimen de libertades consagrado, con el nombre de Monarquía Parlamentaria, por la Constitución de 1978 y la República que se instauró en España a partir de 1931? Me parece que son dos etapas históricas que tienen poca relación. La diferencia se observa en distintos puntos.

Primero. El contexto internacional. A mediados de los años 70, la democracia era la única salida lógica para un país europeo incardinado en el bloque occidental, con los niveles de vida que tenía España. Los años 30, sin embargo, fueron de turbulenta crisis de la democracia. Las fuerzas políticas se radicalizan; la izquierda hacia el modelo revolucionario, los viejos partidos conservadores, hacia el fascismo y el nazismo. Este fue un fenómeno europeo y universal que en España coincidió con la República y la guerra civil. El drama gigantesco en el que desemboca esta crisis es la II Guerra Mundial.

Segundo. ¿De qué situación se partía? En el caso de nuestro sistema actual, partíamos de un largo período de dictadura. Por lo tanto, el cambio supuso una evolución en el sentido democrático. La República —esto se olvida frecuentemente— no sustituye a una dictadura, sino a un sistema constitucional, que tenía un amplio margen de libertades (hagan ustedes un pequeño experimento: vean las obras de los poetas del 27 —Lorca, Alberti, etc.— y comprueben cuántas se publicaron antes de 1931; el resultado romperá más de un tópico) y que funcionaba, con muchas imperfecciones, como un estado de derecho, en los niveles de aquella época. La monarquía de Alfonso XIII podía ser un sistema agotado e inviable, pero no era un sistema dictatorial ni totalitario.

Tercero. ¿Cómo se produjo el cambio? También aquí la diferencia es clara. El sistema actual se produce en un rigorismo jurídico que se resume en aquella frase de Fernández Mirada: «de la ley a la ley». Las leyes del Régimen dieron lugar a las leyes de la democracia sin ruptura ni vacío de poder. La República, en cambio, llega a España de una forma accidentada y atípica. Unas elecciones municipales, que ganan por amplia mayoría las derechas, provocan una grave crisis del régimen y la decisión del Rey de abdicar. Se produce un vacío de poder que permite al Comité revolucionario convertirse en el gobierno provisional de una forma casi inesperada. El cambio fue pacífico e incruento, pero accidental y nada riguroso desde el punto de vista jurídico-político.

Cuarto y último. La democracia de la que disfrutamos se concibió, desde un principio con un espíritu abierto y excluyente, donde todo el mundo tuviera cabida. Esto abarca a todas las fuerzas políticas y sociales, con excepción de los terroristas y de pequeñas minorías radicalizadas. Quizá la larga experiencia de extremismos y radicalismos había servido, por fin, para inmunizar a los españoles contra el sectarismo. Existía la voluntad de hacer un espacio donde «las dos Españas» convivieran por fin pacíficamente. Y este espíritu incluyente tuvo que ir acompañado de una buena dosis de generosidad. Nada de eso, por desgracia, se dio en la República, donde eso que García Escudero llama «Españoles de la conciliación» eran un exigua minoría que pronto se vio barrida por las mayorías exaltadas. No hubo buena voluntad de contar con un amplio sector católico y burgués, que en parte hubiera estado abierto a reformas graduales. También cierta derecha, en ocasiones, fue ciega ante la necesidad de cambios. No hubo, por ningún lado esa voluntad de integrar al «otro» y de construir un espacio común que es la médula del sistema liberal.

En resumen, se trata de dos etapas históricas en las que cualquier parecido es casual. No podemos cambiar la historia; sólo podemos aprender de ella.

martes, 9 de diciembre de 2008

Comunicado de Prensa sobre las manifestaciones de Tardà

NOTA DE PRENSA

La Asociación Monárquica Europea quiere expresar su más enérgico rechazo a las incalificables palabras del diputado Tardà, de ERC, en las que además de calificar de "corrupto" al Tribunal Constitucional, clamaba por la muerte de S.M. el Rey, para terminar dando vivas a la república, mientras que en el mismo acto se mostraron banderas anticonstitucionales. 

La Asociación Monárquica Europea observa con creciente preocupación las actividades cada vez más radicales y sectarias de partidarios de la república, que con sus actos contrarios a la Constitución y a la Monarquía consagrada en la misma y votada por la mayoría de los españoles, no dudan en manifestarse de manera extremista y totalitaria para imponer sus ideas minoritarias, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos respetan el orden constitucional surgido en 1978 y se sienten representados por el Rey como símbolo y permanencia de la Nación española.

Sería deseable que los responsables de las principales instituciones del Estado no intentarán minimizar o silenciar por interés político, manifestaciones tan graves como las acaecidas, al mismo tiempo que el Gobierno debería instar al Fiscal General del Estado a investigar lo sucedido por si la declaraciones del diputado de ERC son constitutivas de delito contra la Corona o el Tribunal Constitucional y actuar en consecuencia.
 
Desde la Asociación Monáquica Europea lamentamos que se produzcan actos como los que se vienen sucediendo en los últimos tiempos y que intentan confundir y engañar sobre la importancia de la Constitución de 1978 y el valor de la Monarquía, gracias a las cuales los españoles hemos conseguido en estos últimos treinta años las más altas cotas de libertad, paz y desarrollo económico y social, al igual que el resto de Monarquías Parlamentarias que existen en el mundo y que, no es casualidad, representan a los países más desarrollados.
Asociación Monárquica Europea
Departamento de Comunicación y Relaciones Institucionales

domingo, 23 de noviembre de 2008

La Monarquía española y las libertades

por José María Marco
Historiador


Entre las conmemoraciones que se han venido celebrando estos días no debería faltar alguna alusión a los veintitantos años de adhesión a la Monarquía del Partido Socialista Obrero Español. No es pequeña cosa. Hasta mediados de los años 70 el PSOE se decía republicano. En su programa figuraba la instauración en España de una República, es de suponer que la Tercera. Incluso exhibía como propia la bandera de la República. Se deduce que seguía aspirando a representar aquellas fuerzas sociales -campesinos, obreros y burguesía progresista, en la fraseología habitual- siempre excluidas del sistema político español, pero sin las cuales el sistema no alcanzaba nunca a estabilizarse del todo.

Frente a esa aspiración, la Corona era el símbolo de un sistema excluyente y arcaico, uno de los obstáculos tradicionales a la modernización y al progreso de España. Al aceptar la Monarquía, el PSOE se apartaba definitivamente de esta antigua doctrina. Por primera vez en su historia, se declaraba leal y firmemente adscrito al parlamentarismo o, si se prefiere, a la democracia liberal.

Esta mutación ideológica y política no se hizo sin segundas intenciones. Al aceptar la institución de la Corona, el PSOE no se declaraba adscrito sin más a la idea monárquica. Más bien prestaba a la Corona un respaldo que la Monarquía se veía obligada a aceptar si quería demostrar su propia lealtad parlamentaria y democrática. El PSOE respaldaba así una Monarquía a la que los socialistas servían de legitimación última. Así es como a Don Juan Carlos se le pudo llamar el rey de los republicanos. Primero porque con el nuevo Rey llegó la reconciliación entre españoles enfrentados a muerte en los años 30, y después, porque había procedido a una modernización de la institución, y con ella del sistema político, que hacía posible la integración de las fuerzas de izquierda.

En cuanto al PSOE, arrinconaba su tradición antiparlamentaria, pero soslayaba la revisión crítica de su papel en la historia española desde hace 100 años y aceptaba un monarquismo condicional, supeditado a la aceptación por la Corona de lo que él decía representar. Se llegó entonces a hablar de juancarlismo, versión ligera y actualizada de una lealtad monárquica que pocos estaban dispuestos a declarar, a pesar de la inmensa popularidad del Rey.

La Corona aceptó este supuesto intercambio, incluida la consigna del juancarlismo. Había motivos prácticos que lo aconsejaban, motivos a los que el Rey recién proclamado no podía ser ajeno. Pero también hay otras razones que explican esta aceptación. La primera es la forma misma en que la Corona representa la soberanía o la pervivencia -historia y futuro- de la nación española. Conviene recordar que la institución monárquica ha regido los destinos políticos españoles desde hace más de 2.000 (por no hablar de la monarquía visigótica). La Monarquía española es previa al Estado moderno, como es previa a la nación española, en cuya constitución tiene un papel fundamental.

De ahí deriva su capacidad de integración, basada en la relación que la Corona o, si se prefiere, el Rey, establece con sus connacionales. El principio monárquico se basa en un mecanismo muy simple, al menos en apariencia. El Rey no pregunta nunca por adscripciones políticas ni ideológicas, no solicita ningún marchamo, ningún a priori, ninguna creencia. Basta con ser español para que la Corona reconozca los derechos que a cada cual le corresponden y para que el Rey dé por supuesta la lealtad que se le debe como símbolo de la pervivencia de la nación.

En vez de constituirse sólo como una institución política, la Monarquía, y muy particularmente la Monarquía española, es anterior al hecho político y reconoce una libertad natural en el ser humano. La cortesía de los Reyes consiste en tratar como iguales a todos, haciendo caso omiso de las desigualdades que impone la sociedad y las diferencias que cada uno quiera presentar como propias. Por eso los Reyes pueden constituirse como garante último de las libertades de todos.

Se trata, claro está, de un artificio de extrema sofisticación, precisamente porque las desigualdades y las diferencias no son sólo artificiales. Pero eso no mengua su valor ni su eficacia. Al contrario. Al ser la Corona una institución integradora por vocación y por naturaleza, la Monarquía se convirtió en un aliado de primera importancia en el establecimiento de las libertades públicas en Europa. En España, la construcción del Estado moderno se basó en la alianza de la Corona con los liberales (progresistas o conservadores), que veían en la desaparición del Antiguo Régimen la condición del progreso para su país. La Reina María Cristina, o su hija, Isabel II, primera reina constitucional de España, no fueron un obstáculo para la modernización de España, sino la clave de ésta: la garantía de que el nuevo sistema respetaría las libertades fundamentales.

La relación entre la Corona y las libertades públicas establecida en España es tan fuerte, que cuando el monarca se involucra en el juego político y deja de jugar el papel que le corresponde como garante del sistema de libertades, pone en peligro su permanencia en el trono. Todo el sistema corre entonces el riesgo de hundirse, como ocurrió en las dos experiencias republicanas de la historia de España. Pero el principio monárquico es tan de raíz, tan consustancial a la formación misma de España, que su recuerdo sobrevive y sigue siendo la legitimación última de cualquier régimen que aspire al establecimiento de un mínimo de convivencia entre españoles. Prim intentó actualizar el principio en abstracto, importando un Rey, Amadeo de Saboya, y tratando de fundar una nueva dinastía reconciliada con los principios democráticos.

Mucho más tarde, tras una guerra civil devastadora, el franquismo no dejó nunca de evocar, aunque fuera de forma confusa y para muchos desleal, la Monarquía como clave última de la constitución política de España.

Es obvio que la Monarquía reinstaurada en 1975 no tenía su origen en el régimen anterior. Al contrario, la duración del franquismo se explica, entre otras razones, por ese hilo tenue, pero nunca roto, de evocación de la Monarquía. Don Juan Carlos debió de comprenderlo así y entendió bien que una vez fallecido Franco, la reinstauración de la Monarquía llevaba aparejada la reinstauración de las libertades públicas. Y a la inversa: la mejor forma política para una sociedad moderna, es decir rica, plural y tolerante, era la Monarquía. Lo es ahora y lo fue antes.

Recuérdese que sólo bajo la Monarquía se pudo aceptar que sobreviviera un partido como el socialista, indeciso entre la reforma y el radicalismo, y que no aceptaba la democracia parlamentaria.

Cuando llegó la República, aquel régimen monárquico que muchos llamaban una ficción, una fantasmagoría, se derrumbó. Pero como en la República nadie jugó el papel de garante de las libertades de los demás, el sistema no resistió la deslealtad democrática del PSOE, una de las principales fuerzas políticas de aquellos años. Se comprobó así que la famosa fantasmagoría era, en el fondo, la única que permitía la supervivencia de la idea republicana. En rigor, ¿quién era el más fantasma de todos?

Pero aunque esta historia todavía no ha sido contada como se merece, los hechos a los que se refiere están casi completamente superados. Por eso resulta tan entretenido recordarlos.

Publicado en El Mundo, 19.12.2000.

lunes, 17 de noviembre de 2008

La Corona: críticas y razones

Juan Carlos I

Los argumentos empleados para atacar la monarquía por parte de sus contrarios en la actualidad son, en realidad, críticas gratuitas a su figura. Aunque el comunismo vaya quedando atrás (y en España se haya suicidado), el republicanismo está en alza y es aplaudido por ciertos sectores del espectro político español. De hecho, la monarquía está en horas bajas ya que desde hace unos meses la derecha capitalista también se ha sumado a combatirla.

Si se preguntara a los sectores republicanos de la sociedad, seguramente  darían argumentos tan volátiles para que se le aparte de la Jefatura del Estado como decir que es “demasiado caro”, “no fue democráticamente elegido” o que “no es necesario”. En realidad, los datos que expongo a continuación, me dan razones económicas, democráticas y pragmático-utilitaristas para apoyar a S.M.

Considerar que el rey es un jefe de Estado “caro”, a día de hoy no tiene ni pies ni cabeza. De hecho, es el Jefe de Estado más barato de cuantos podemos encontrarnos en la geografía europea, que no es precisamente monárquica. Mantener la monarquía española cuesta 19 céntimos de euro por español y año -8 millones de euros-, lo cual se queda en nada comparado con otros precios europeos: por poner un ejemplo, la presidencia de la República italiana de Giorgio Napolitano dilapida en sus presupuestos 4 euros de cada italiano cada año-235 millones de euros-. Pragmáticamente, queda claro que es más barato para el ciudadano europeo una monarquía parlamentaria que una república, pues la monarquía europea más cara es la inglesa de Isabel II, con 55 millones de euros anuales de presupuesto, lo que hace que le cueste a cada inglés 92 céntimos anuales. La monarquía más cara por ciudadano es la sueca, que pagan 1,16 euros anuales -tiene un presupuesto de 10.5 millones de euros-.

Dicho esto, parece que considerar al monarca español como “caro” es un argumento infundado y erróneo. Ahorramos dinero en impuestos manteniendo nuestro actual sistema de Gobierno que el propuesto por los republicanos. El considerar como algo “arcaico” a la monarquía y desterrarla sale caro y, además, es menos funcional.

Otro argumento que no tiene ni pies ni cabeza es que la II República fue popularmente elegida y que la Monarquía es “un fenómeno del pasado” y que no contó con el apoyo popular. En realidad, es justo lo contrario. Aquél sistema de gobierno no puede considerarse que fuera elegido por el pueblo, como ya expliqué en un post anterior, y que la Monarquía española a cuya cabeza está (y estaba en su momento) el Rey Juan Carlos I sí ganó un referéndum. El monarca está donde está hoy porque fue elegido con la aprobación del 94.45% de los españoles en elReférendum sobre la Ley para la Reforma política. La cifra es, realmente, estremecedora y, por tanto, este argumento carece otra vez de validez.

De esta forma, su figura entra en la Constitución actual por aclamación popular (teniendo en aquel momento sólo a un 5% en contra ) en el artículo 1.3, La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria. No hay duda de que fue lo querido por el Pueblo español.

El último argumento y más insulso es que “no es útil”, como si un presidente de la República lo fuera. Lo cierto es que la Constitución de 1978, librito que no se molestan en abrir los antimonárquicos, estipula que la Monarquía española tiene competencias tanto representativas como efectivas. Las primeras recaen en el rey como “personificación de la Corona”, y que comparte con cualquier otro Jefe de Estado, del régimen; son:

  1. Jefe del Estado
  2. Símbolo de su unidad y permanencia
  3. Árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones.
  4. Representación a nivel internacional.

Las segundas, las denominadas “efectivas“:

  • De carácter general
  1. Mando supremo de las Fuerzas armadas, se atribuye directamente al Rey, aunque no puede ejercerse sin refrendo, parece que puede corresponder al Rey, cierta iniciativa.
  2. Ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley, no pudiendo autorizar indultos generales.
  3. Patronazgo de las Reales Academias.
  • El rey y el poder ejecutivo
  1. Proponer el candidato al Presidente del Gobierno, y en su caso, nombrarlo, esta es la facultad constitucional que tiene mayor transcendencia política.
  2. Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su presidente.
  3. Expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros y conferir los empleos civiles y militares y conceder honores y distinciones con arreglo a las leyes.
  4. Ser informado de los asuntos del Estado y presidir cuando estime oportuno las sesiones del Consejo de Ministros siempre a petición del Presidente del Gobierno.
  • En relación con el poder legislativo
  1. Sancionar y promulgar las leyes. Esta potestad del rey, constituye un reflejo del poder legislativo que en otros momentos encarnaba el rey. El rey no se puede negar, que dispone para ello de quince días.
  2. Convocar y disolver las Cortes y convocar elecciones, según los términos previstos en la Constitución. Esta prerrogativa precisa el refrendo del Presidente del Congreso y en otro caso precisa la propuesta del Presidente del Gobierno.
  3. Convocar referéndum en los casos previstos en la Constitución, mediante propuesta del Presidente del Gobierno.
  • Política internacional
  1. Acreditar a los embajadores y otros representantes diplomáticos
  2. Al rey le corresponde manifestar el consentimiento del Estado para obligarse internacionalmente por medios de tratados, de conformidad con la Constitución y las leyes, es distinto el órgano al que corresponde prestar el consentimiento y el Rey, al que corresponde manifestarlo.
  3. Al rey le corresponde previa autorización de las Cortes Generales declarar la guerra y hacer la paz.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Payne: «Quien defienda la República en España merece estar en un manicomio»

El prestigioso hispanista norteamericano Stanley Payne calificó de «trance muy complicado» y de «inédito» el momento que atraviesa España y advirtió sobre los desastres que puede traernos el «nuevo movimiento republicano».

El historiador recordó que la experiencia republicana en España «ha sido desatrosa, pues la Primera colapsó el país y la Segunda lo dividió en una Guerra Civil». «Si con esta experiencia alguien cree que la República puede ser en este momento una solución para España, merece estar apartado en un manicomio», afirmó, intentando suavizar con sentido del humor su seria advertencia.

Payne hizo estas afirmaciones a un grupo de periodistas españoles después de pronunciar una conferencia en la Cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad de Georgetown sobre «La España del siglo XXI: logros y retos», en la que hizo un repaso a la historia reciente de nuestro país tras la muerte de Franco y a la que asistió Don Felipe, que se encontraba de visita oficial en Washington.


No sólo la izquierda radical


El hispanista excluyó de esta tendencia republicana al «hombre de la calle, que no está politizado», y apuntó a «la extrema izquierda, a algún sector del Partido Socialista y a los ex comunistas, la llamada «izquierda hundida»», una minoría que, según explicó, no valora lo que significó la Transición de España a la democracia.

En su opinión, «el nuevo movimiento republicano hasta ahora no ha creado grandes dificultades, pero no sabemos qué va a ocurrir en el porvenir, porque pasar de la actual Constitución y de la actual estructura del Estado, instaurar la República o hacer una Segunda Transición será desastroso para España».

No obstante, Payne matizó que aunque un cambio drástico de sistema sería catastrófico, «otra cosa es reformar la Constitución, porque toda Constitución es reformable y, a veces, incluso deseable».

También se refirió en sus declaraciones al problema del nacionalismo radical, motivado por «la ausencia en la Constitución actual de un techo» que limite la transferencia de competencias a las Comunidades. En este sentido, añadió que conseguir que la estructura del Estado sea «estable» corresponde al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, algo que, en su opinión, «ha funcionado en el caso catalán, pero es mucho más difícil en el caso vasco», ya que implicaría una reforma de la Constitución no modesta, ni marginal y «éste es uno de los peligros» que amenazan a España.

Preguntado sobre la incapacidad que demuestran los dos grandes partidos, PP y PSOE, de ponerse de acuerdo sobre temas fundamentales, como la reforma de la Constitución, las autonomías y el terrorismo, Payne quiso ser prudente: «Hay que ver qué propuesta y en qué términos hace el Gobierno y cómo responde el PP. Pero será complicado, sobre todo en el caso vasco, porque hay exigencias enormes que son muy difíciles de satisfacer dentro de los moldes democráticos».

Además, aludió al «Gobierno interno del País Vasco» y afirmó que en esta Comunidad «no se respetan los derechos constitucionales, democráticos y civiles como se respetan en el resto de España. Hay un problema de abandono de los ciudadanos del País Vasco. El gobierno de nacionalismo radical, en varios aspectos, restringe los derechos. Este cinismo es un gran problema».

Payne, profesor emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, es autor de numerosos libros sobre España. El último publicado es «El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-36)».

jueves, 6 de diciembre de 2007

Vigésimo noveno aniversario de la Constitución


¡Viva la Constitución de 1978!


Hoy es el vigésimo noveno aniversario de la promulgación de la Constitución Española de 1978. Es una constitución para la que los diputados de la asamblea constituyente tomaron como base diversas constituciones democráticas europeas occidentales y que establece y consolida la monarquía parlamentaria como forma de estado y garante del sistema democrático constitucional.

En la actualidad y por la insistencia de la izquierda (que en realidad anhela volver a un sistema republicano tan desastroso y sanguinario como la segunda república) se discute mucho sobre la necesidad de reformar la Constituición, al igual que los estatutos de autonomía, cuando tales reformas no son necesarias ni responden a un clamor de la sociededa española, pues como se ha visto en el caso del estatuto de autonomía de Cataluña, el interés es efímero y apenas se acude a votar sí o no a un nuevo estatuto de autonomía.

La Constitución de 1978 realmente es una constitución muy completa. En una ocasión, el presidente autonómico de Andalucía dijo que se debería poder reformar con más facilidad como es el caso de Alemania, pero con esa opinión sólo demuestra que primero no entiende nada de la situación alemana y en segundo lugar es poco democrático pretender cambiar la Constitución al antojo de las mayorías existentes. Alemania no tiene constitución, sino una Ley Fundamental, una pseudo-constitución, promulgada en 1949 tras la división efectiva de las zonas de ocupación occidentales y la zona soviética, por concesiín graciosa de las tres potencias vencedoras occidentales EE.UU., Gran Bretaña y Francia, que habían decidido dividir Alemania en virtud de los Acuerdos de Yalta y en desprecio de la soberanía del pueblo alemán que entonces y hasta 1990 prácticamente no existía, una Ley Fundamental que establecía que tras la reunificación se debía elegir una asamblea constituyente para que sea el pueblio alemán quien votara una nueva Constitución, precepto incumplido al igual que la trampa de la reunificación (parcial) con Alemania central (la antigua RDA comunista) mediante una adhesión a la República Federal de Alemania.

Lo que nos faltaba en estos momentos es una constitución moldeable a discreción de los diputados como es el caso en Alemania. Lo que no se dice es que muchos preceptos de la actual Constitución ni siquiera se han desarrollado por falta de voluntad política, pues no se entiende que tras 29 años aún existan competencias que no han sido transferidas, porque los gobiernos nacionales de turno querían mantener competencias centrales en lugar de desarrollar las previsiones constitucionales.

Realmente hay pocas cosas que precisan una reforma, pues las disposiciones constitucionales son lo suficientemente amplias como para poder desarrollarla en plenitud y sin necesidad de reforma, ya que muchos temas de relevancia son susceptibles de ser definidos por leyes orgánicas. Con la discusión se pretende, en realidad, provocar un cambio tan radical que haga necesario convocar una nueva asamblea constituyente, con lo que la izquierda quiere conseguir que se discuta incluso la forma del estado para acabar con la monarquía parlamentaria y eliminar esa institución de garantía democrática y control que es la Corona y acabar con esa odiada "indisolubilidad de la unidad de España" para satisfacer los anhelos irracionales de los separatistas catalanes, vascos y gallegos de hacer pedazos un país que disfruta de una unidad nacional desde hace más de 500 años.

Pero antes de reformar la Constitución, hay muchos otros problemas que resolver. Nuestros políticos harían mejor en no gastar sus energías en discusiones inútiles sobre reformas constitucionales y estatutarias o en hablar o no hablar con bandas terroristas sobre si se impone o no una independencia de una región que nunca ha sido un país independiente (discusiones que por otra parte son completamente contrarias a la Constitución que no permite la secesión territorial). Lo que desea el pueblo español es que pueda vivir en paz, en prosperidad y sin preocupaciones vitales como empleo, educación de calidad, estabilidad política y libertad en todos los ámbitos.

Por eso digo que ¡Viva la Constitución!, porque es una constitución bastante bien hecha que no necesita ser reformada sino sólo desarrollada en profundidad, una constitución que todos los diputados, al igual que S.M. el Rey, juraron cumplir y hacer cumplir, pero que muchos diputados de la izquierda incumplen y no respetan, empezando por el señor Zeta que ante todo parece desear acabar con ella y con todo el país. Muchas constituciones son mucho más antiguas que la española, como la del Gran Ducado de Luxemburgo, lo que demuestra que están pensadas para perdurar en el tiempo sin mayores reformas. Creo que en pocos países se discute tanto sobre la Constitución como en España, porque en pocos países se quiere acabar con la propia nación para sumirla en el caos. desearía que nuestros gobernantes lean la Constitución y que se atengan a ella, porque así lo quiso el pueblo español en 1978. Pocas veces en estos 29 años he visto tanto infantilismo político como actualmente. Ojalá los resultados de PISA no sean aplicables a nuestros políticos, pero parece que PISA es sintomático no sólo para la población escolar.

Para terminar adjunto el discurso de promulgación de Su Majestad el Rey. Las palbaras del Rey lo dicen todo.



Discurso de promulgación

Pronunciado por S. M. el Rey Don Juan Carlos I, ante las Cortes, el 27 de Diciembre de 1978

Señoras y señores Diputados,Señoras y señores Senadores:

Como expresión de los momentos históricos que estamos viviendo, y cuando acabo de sancionar, como Rey de España, la Constitución aprobada por las Cortes y ratificada por el pueblo español, quiero que mis palabras, breves y sencillas, sean ante todo de agradecimiento hacia los miembros y grupos de estas Cámaras que han elaborado la norma fundamental por la que ha de regirse nuestra convivencia democrática.

Y para proyectar hacia el futuro este sentimiento de gratitud por la labor realizada, formulo mi más sincero deseo de que todas las fuerzas políticas vean cumplidas cuantas esperanzas han depositado en el texto constitucional, a la vez que confío en su buena volutad para aceptar y ejercer la responsabilidad que en su aplicación les corresponde.

Mi saludo, también, al Gobierno de la Nación, a la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo, a la Junta de Jefes de Estado Mayor, a las representaciones de los Altos Organismos e Instituciones del Estado, así como a las religiosas y del Cuerpo Diplomático que hoy se encuentran aquí.

En todos ellos quisiera significar el reconocimiento hacia las distintas Instituciones que, de una u otra forma, han contribuido a esta empresa colectiva que ahora culmina, y concretar el mensaje de paz y solidaridad de los españoles hacia las demás naciones de la Tierra.
Y gracias, por fin al pueblo español, verdadero artífice de la realidad patria, representado por las distintas fuerzas parlamentarias, y que ha manifestado en el referéndum su voluntad de apoyo a una Constitución que a todos debe regirnos y todos debemos acatar.

Con ella se recoge la aspiración de la Corona, de que la voluntad de nuestro pueblo quedara rotundamente expresada. Y, en consecuencia, al ser una Constitución de todos y para todos, es también la Constitución del Rey de todos los españoles.

Si ya en el mismo instante de ser proclamado como Rey señalé mi propósito de considerarme el primero de los españoles a la hora de lograr un futuro basado en una efectiva concordia nacional, hoy no puedo dejar de hacer patente mi satisfacción al comprobar como todos han sabido armonizar sus respectivos proyectos para que se hiciera posible el entendimiento básico entre los principales sectores políticos del país.

Pienso que este hecho constituye el mejor aval para que España inicie un nuevo período de grandeza.

Y hoy, como Rey de España y símbolo de la unidad y permanencia del Estado, al sancionar la Constitución y mandar a todos que la cumplan, expreso ante el pueblo español, titular de la soberanía nacional, mi decidida voluntad de acatarla y servirla.

Importante es el paso que acabamos de dar en la evolución política que entre todos estamos llevando a cabo. Importante es la aprobación de una Ley básica como la que hoy he sancionado y que constituye el marco jurídico de nuestra vida común; pero pensemos que la ruta que nos aguarda no será cómoda ni fácil, y que, al recoger el fruto de la etapa que se cierra, debemos abrigar también la ilusión de no desfallecer en nuestro empeño, el propósito de no ceder terreno al desánimo y la seguridad de mantener el pulso necesario para sortear escollos y dificultades.

Si hemos acertado en lo principal y lo decisivo, no debemos consentir que diferencias de matiz o inconvenientes momentáneos debiliten nuestra firme confianza en España y en la capacidad de los españoles de profundizar en los surcos de la libertad y recoger una abundante cosecha de justicia y de bienestar.

Porque si los españoles sin excepción sabemos sacrificar lo que sea preciso de nuestras opiniones para armonizarlas con las de otros; si acertamos a combinar el ejercicio de nuestros derechos con los derechos que a los demás corresponde ejercer; si postergamos nuestros egoísmos y personalismos a la consecución del bien común, conseguiremos desterrar para siempre las divergencias irreconciliables, el rencor, el odio y la violencia, y lograremos una España unida en sus deseos de paz y de armonía.

De acuerdo con estos propósitos, la Monarquía, que como Institución integradora debe estar por encima de discrepancias circunstanciales y de accesorias diferencias, procurará en todo momento evitarlas o conjugarlas para extraer el principio común y supremo que a todos debe impulsarnos: lograr el bien de España.

Los pueblos de España tienen planteadas grandes demandas en el orden del reconocimiento de sus propias peculiaridades, del trabajo, de la vida familiar, de la cultura y la igualdad efectiva de las oportunidades en el ejercicio cotidiano de la libertad.

A todo ello hemos de consagrar nuestros esfuerzos en el tiempo que se avecina.

Íntimamente identificados con el pueblo, siempre cerca de él, en contacto directo con sus preocupaciones y urgencias, podremos garantizar para el futuro el orden social justo a que todos aspiramos.

Al reiterar a todos mi agradecimiento y mi satisfacción, quiero terminar expresando el orgullo que siento por estar al frente de los españoles en estos tiempos decisivos en que nuestras miradas deben dirigirse al porvenir con fe, con optimismo, con decisión y valentía, con la más ilusionada de las esperanzas.

El día de mi proclamación tuve ocasión de decir que el "Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber".

Por eso repito ahora que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidas a este honroso deber que es el servicio de mi Patria.