¡Viva S.M. el Rey Don Felipe VI!
domingo, 29 de agosto de 2010
Entrevista con Rafael de Aguilar Poyatos, Conde de Bobadilla: ´El Príncipe eligió a Letizia porque sabía que ella cumpliría con su papel institucional´
martes, 14 de abril de 2009
El 14 de abril y sus equívocos

14 de abril, aniversario de la llegada a España de la II República, traerá como siempre recuerdos, celebraciones y debates (pienso que minoritarios, porque no es éste un tema que preocupe masivamente a la sociedad española actual). A esta efemérides quiero hacer mi aportaciones con algunos breves asertos, que intentan arrojar algo de luz, o por lo menos disipar un poco de niebla, sobre equívocos acerca del tema, que andan por ahí campando por sus respetos, oficiando de verdades.
Primero. La República llega a España de una forma “democrática” y “legal”. Nada más lejos de la realidad. Se trató de una crisis profunda, espoleada por los resultados de una de unas elecciones municipales (que se ganaron ampliamente), mezclada con equívocos y un tremendo desánimo del entorno monárquico. Esto provoca un vacío de poder que es aprovechado por el Comité Revolucionario (luego Gobierno Provisional) que se apodera de los resortes del poder sin encontrar obstáculos. No hay violencia física, pero al Rey se le dan 24 horas para que salga de España. El nombre que mejor cuadra a este fenómeno histórico es “golpe de Estado”, incruento, como lo fueron otros en la historia de España, pero contundente. La famosa y repetida “legalidad republicana” podría haber llegado, por ejemplo, por un referéndum, pero éste nunca existió. Y puestos a ser escrupulosos en este terreno, hay que decir que la República comienza rompiendo (y por tanto cometiendo un acto ilegal) la legalidad monárquica, que también era real y se basaba en la Constitución de 1876.
Segundo. Con la República llega a España, por vez primera, un gobierno de la izquierda. Este es una verdad a medias. En el gobierno provisional había hombres inequívocamente de izquierdas, como Fernando de los Ríos o Largo Caballero, pero también conservadores que venían de la política monárquica y se habían cambiado de bando, como Miguel Maura o el primer Presidente, Alcalá-Zamora. Incluso Azaña es un liberal radical y laico, pero burgués. Es más: identificar la política de la República con la política de la izquierda fue el gran fallo de fondo que condujo al fracaso final. Esta triste historia tuvo varios episodios importantes; por ejemplo, la no aceptación del triunfo de la CEDA; la revolución de 1934; o la proclamación unilateral de la “República catalana”. No se quiso dejar espacio a una derecha y a un sector católico que estaba dispuesto a adaptarse al nuevo sistema, siguiendo aquella famosa doctrina de la “accidentalidad de las formas de gobierno”.
Tercero. Con el cambio político llega una edad brillante en la educación y en la cultura, la llamada “Edad de Plata” de la cultura española. A este tópico he dedicado mi artículo “El mito de la cultura republicana” (puede leerse en www.ellibrepensador.com) donde recuerdo algunos datos, por otro lado evidentes: la mayoría de los aciertos e instituciones que se atribuyen al nuevo sistema (Junta de ampliación de Estudios, Institución Libre de Enseñanza, Universidad Central), tienen su fecha de inicio en la época de Alfonso XIII. La mayoría de las obras significativas de la Generación de 1927, que, según algunos, parece que nació por generación espontánea en 1931, son anteriores a esta fecha. El ambiente de holgura y libertad intelectual de la época final de Alfonso XIII permitió que brotaran algunas de las mejores obras de Lorca, Alberti o Aleixandre. También de Unamuno, Baroja, Ortega… en fin, toda esa magnífica pléyade que configuraron un nuevo Siglo Áureo en nuestra cultura, cuya labor intelectual se rompe o distorsiona dramáticamente con la guerra, pero que, en todo caso, tiene su arranque en fecha anterior a 1931.
Cuarto. Establece un sistema y una Constitución que son los primeros en nuestra historia que merecen llamarse democráticos. Esto es también discutible. Hay está el texto de la Constitución de 1936 (cualquiera puede leerla en la Red) artículos que no respetan la liberad religiosa ni la de enseñanza, prohibiendo las órdenes religiosas y su actividad educativa y disolviendo, aunque de forma subrepticia e indirecta, la Compañía de Jesús. Este solo hecho la invalida como constitución democrática, porque la libertad es indivisible; y basta con conculcar una libertad para destruir el sistema. Hay algo más grave: no se supo hacer un sistema que sembrase la concordia, que acogiese a todos los españoles en su diversidad, donde todos se sintieran cómodos. Por el contrario, casi siempre se hizo política “contra” alguien; no faltó la agresividad (verbal en ocasiones y, en otras, física). Si se me permite el juego de palabras, la República tuvo algo de democrática, pero poco de liberal. La Monarquía alfonsina quizá no fuese tan democrática, o lo era de una forma limitada, pero sí era más liberal: había en ella un ambiente de confianza y convivencia entre de gentes distintas ideologías. Eran los usos del antiguo y amable liberalismo, que se evaporaron con el cambio de régimen.
domingo, 1 de marzo de 2009
El mito de la cultura republicana
por Tomás Salas
La cultura española vive en la primera mitad del siglo XX, sobre todo en las décadas de los 20 y 30, un periodo de brillantez, que ha hecho que se hable de la “Edad de Plata” de la cultura española. Por diversas razones, siempre que se habla de la II Republica española, se asocia a la masiva participación en ella de un sector intelectual y la brillantez cultural. Y se termina a veces identificando esta Edad de Plata con la etapa del 1931 al 1939, lo que está lejos de la realidad.
En cuanto a la primera afirmación (la fuerte implicación de la clase intelectual), hay que decir que no se trataba, en contra de lo que pueda parecer hoy, de unos intelectuales fuertemente politizados Hay, por el contrario, en el mundo cultural y académico de la última etapa de Alfonso XIII un ambiente de pluralidad y convivencia entre distintas opciones políticas y religiosas, que luego se perdió. Se ha llegado a hablar, de una forma hiperbólica, de una “República de los profesores”. Pero más que un republicanismo doctrinario y radicalizado en el sentido ideológico, en el mundo intelectual existía la esperanza en un cambio hacia un sistema más justo, más a la altura de los tiempos, ante un régimen que claramente muestra señas de agotamiento y exige profundas reformas. El modelo de esta actitud es Ortega; pero también Marañón, Menéndez Pidal, Julián Marías y tantos otros.
Por otro lado, la brillantez y altura de este momento de la cultura española no va unida al sistema republicano o, al menos, no hay una relación de causa-efecto entre estos fenómenos. Ni siquiera hay una coincidencia cronológica. Se asocia este resurgir cultural a la República, cuando en realidad es un fenómeno que viene de la etapa anterior y, en cierta forma, independiente de los condicionamientos políticos. Hay que reconocer que el nuevo régimen realiza una labor interesante en el campo cultural y educativo, pero se olvida con frecuencia que la mayoría de las instituciones e iniciativas eran anteriores.
Doy unos pocos datos, por otro lado bastante conocidos. La famosa Institución Libre de Enseñanza se funda en 1876. La Junta de ampliación de Estudios, que tanto se pone como ejemplo de apertura de España a la cultura exterior, procede de 1907. La tan ponderada Facultad de Filosofía se instala en la Ciudad Universitaria en 1927, en pleno reinado de Alfonso XIII y, por cierto, en unos terrenos cedidos por el mismo rey. García Morente, alma de aquella Facultad, llega a decano en 1926 y fue Subsecretario de Instrucción pública en 1930, siendo ministro Elías Tormo. Todas estas fechas son anteriores a 1931 y se encuadran, por tanto, en la etapa de la Restauración. En fin, hágase una comprobación fácil y que a alguno sorprenderá: véanse las fechas de las obras más importantes de la Generación del 1927 y compruébese las que son anteriores y posteriores a 1931. Obras como “El romancero gitano”, “Marinero en tierra”, “Ámbito” o “Platero y yo” (la lista se podría alargar casi indefinidamente) se publicaron en aquella “oscurantista” España de los Borbones. Eso, por no hablar de la pintura, la música, la arquitectura. Todo esto quiero decir que hay una continuidad de la cultura española (idea muy querida por lo mejor del pensamiento liberal español) que mantiene su vitalidad a los largo de la historia y que, de alguna manera, es independiente del condicionamiento político e, incluso, de la falta de libertades (ya que esa labor sigue en parte durante la época de Franco). Esa vitalidad de la cultura española no es obra de la Republica ni de la Monarquía. Pero (¿por qué no decirlo?) en el ambiente de concordia y libertad que se vivió en buena parte del reinado de Alfonso XIII, encontró un buen caldo de cultivo.
martes, 17 de febrero de 2009
Dos etapas históricas
¿Tienen algo en común el régimen de libertades consagrado, con el nombre de Monarquía Parlamentaria, por la Constitución de 1978 y la República que se instauró en España a partir de 1931? Me parece que son dos etapas históricas que tienen poca relación. La diferencia se observa en distintos puntos.
Primero. El contexto internacional. A mediados de los años 70, la democracia era la única salida lógica para un país europeo incardinado en el bloque occidental, con los niveles de vida que tenía España. Los años 30, sin embargo, fueron de turbulenta crisis de la democracia. Las fuerzas políticas se radicalizan; la izquierda hacia el modelo revolucionario, los viejos partidos conservadores, hacia el fascismo y el nazismo. Este fue un fenómeno europeo y universal que en España coincidió con la República y la guerra civil. El drama gigantesco en el que desemboca esta crisis es la II Guerra Mundial.
Segundo. ¿De qué situación se partía? En el caso de nuestro sistema actual, partíamos de un largo período de dictadura. Por lo tanto, el cambio supuso una evolución en el sentido democrático. La República —esto se olvida frecuentemente— no sustituye a una dictadura, sino a un sistema constitucional, que tenía un amplio margen de libertades (hagan ustedes un pequeño experimento: vean las obras de los poetas del 27 —Lorca, Alberti, etc.— y comprueben cuántas se publicaron antes de 1931; el resultado romperá más de un tópico) y que funcionaba, con muchas imperfecciones, como un estado de derecho, en los niveles de aquella época. La monarquía de Alfonso XIII podía ser un sistema agotado e inviable, pero no era un sistema dictatorial ni totalitario.
Tercero. ¿Cómo se produjo el cambio? También aquí la diferencia es clara. El sistema actual se produce en un rigorismo jurídico que se resume en aquella frase de Fernández Mirada: «de la ley a la ley». Las leyes del Régimen dieron lugar a las leyes de la democracia sin ruptura ni vacío de poder. La República, en cambio, llega a España de una forma accidentada y atípica. Unas elecciones municipales, que ganan por amplia mayoría las derechas, provocan una grave crisis del régimen y la decisión del Rey de abdicar. Se produce un vacío de poder que permite al Comité revolucionario convertirse en el gobierno provisional de una forma casi inesperada. El cambio fue pacífico e incruento, pero accidental y nada riguroso desde el punto de vista jurídico-político.
Cuarto y último. La democracia de la que disfrutamos se concibió, desde un principio con un espíritu abierto y excluyente, donde todo el mundo tuviera cabida. Esto abarca a todas las fuerzas políticas y sociales, con excepción de los terroristas y de pequeñas minorías radicalizadas. Quizá la larga experiencia de extremismos y radicalismos había servido, por fin, para inmunizar a los españoles contra el sectarismo. Existía la voluntad de hacer un espacio donde «las dos Españas» convivieran por fin pacíficamente. Y este espíritu incluyente tuvo que ir acompañado de una buena dosis de generosidad. Nada de eso, por desgracia, se dio en la República, donde eso que García Escudero llama «Españoles de la conciliación» eran un exigua minoría que pronto se vio barrida por las mayorías exaltadas. No hubo buena voluntad de contar con un amplio sector católico y burgués, que en parte hubiera estado abierto a reformas graduales. También cierta derecha, en ocasiones, fue ciega ante la necesidad de cambios. No hubo, por ningún lado esa voluntad de integrar al «otro» y de construir un espacio común que es la médula del sistema liberal.
En resumen, se trata de dos etapas históricas en las que cualquier parecido es casual. No podemos cambiar la historia; sólo podemos aprender de ella.
martes, 9 de diciembre de 2008
Comunicado de Prensa sobre las manifestaciones de Tardà
domingo, 23 de noviembre de 2008
La Monarquía española y las libertades
lunes, 17 de noviembre de 2008
La Corona: críticas y razones
por Alfonso
Los argumentos empleados para atacar la monarquía por parte de sus contrarios en la actualidad son, en realidad, críticas gratuitas a su figura. Aunque el comunismo vaya quedando atrás (y en España se haya suicidado), el republicanismo está en alza y es aplaudido por ciertos sectores del espectro político español. De hecho, la monarquía está en horas bajas ya que desde hace unos meses la derecha capitalista también se ha sumado a combatirla.
Si se preguntara a los sectores republicanos de la sociedad, seguramente darían argumentos tan volátiles para que se le aparte de la Jefatura del Estado como decir que es “demasiado caro”, “no fue democráticamente elegido” o que “no es necesario”. En realidad, los datos que expongo a continuación, me dan razones económicas, democráticas y pragmático-utilitaristas para apoyar a S.M.
Considerar que el rey es un jefe de Estado “caro”, a día de hoy no tiene ni pies ni cabeza. De hecho, es el Jefe de Estado más barato de cuantos podemos encontrarnos en la geografía europea, que no es precisamente monárquica. Mantener la monarquía española cuesta 19 céntimos de euro por español y año -8 millones de euros-, lo cual se queda en nada comparado con otros precios europeos: por poner un ejemplo, la presidencia de la República italiana de Giorgio Napolitano dilapida en sus presupuestos 4 euros de cada italiano cada año-235 millones de euros-. Pragmáticamente, queda claro que es más barato para el ciudadano europeo una monarquía parlamentaria que una república, pues la monarquía europea más cara es la inglesa de Isabel II, con 55 millones de euros anuales de presupuesto, lo que hace que le cueste a cada inglés 92 céntimos anuales. La monarquía más cara por ciudadano es la sueca, que pagan 1,16 euros anuales -tiene un presupuesto de 10.5 millones de euros-.
Dicho esto, parece que considerar al monarca español como “caro” es un argumento infundado y erróneo. Ahorramos dinero en impuestos manteniendo nuestro actual sistema de Gobierno que el propuesto por los republicanos. El considerar como algo “arcaico” a la monarquía y desterrarla sale caro y, además, es menos funcional.
Otro argumento que no tiene ni pies ni cabeza es que la II República fue popularmente elegida y que la Monarquía es “un fenómeno del pasado” y que no contó con el apoyo popular. En realidad, es justo lo contrario. Aquél sistema de gobierno no puede considerarse que fuera elegido por el pueblo, como ya expliqué en un post anterior, y que la Monarquía española a cuya cabeza está (y estaba en su momento) el Rey Juan Carlos I sí ganó un referéndum. El monarca está donde está hoy porque fue elegido con la aprobación del 94.45% de los españoles en elReférendum sobre la Ley para la Reforma política. La cifra es, realmente, estremecedora y, por tanto, este argumento carece otra vez de validez.
De esta forma, su figura entra en la Constitución actual por aclamación popular (teniendo en aquel momento sólo a un 5% en contra ) en el artículo 1.3, La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria. No hay duda de que fue lo querido por el Pueblo español.
El último argumento y más insulso es que “no es útil”, como si un presidente de la República lo fuera. Lo cierto es que la Constitución de 1978, librito que no se molestan en abrir los antimonárquicos, estipula que la Monarquía española tiene competencias tanto representativas como efectivas. Las primeras recaen en el rey como “personificación de la Corona”, y que comparte con cualquier otro Jefe de Estado, del régimen; son:
- Jefe del Estado
- Símbolo de su unidad y permanencia
- Árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones.
- Representación a nivel internacional.
Las segundas, las denominadas “efectivas“:
- De carácter general
- Mando supremo de las Fuerzas armadas, se atribuye directamente al Rey, aunque no puede ejercerse sin refrendo, parece que puede corresponder al Rey, cierta iniciativa.
- Ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley, no pudiendo autorizar indultos generales.
- Patronazgo de las Reales Academias.
- El rey y el poder ejecutivo
- Proponer el candidato al Presidente del Gobierno, y en su caso, nombrarlo, esta es la facultad constitucional que tiene mayor transcendencia política.
- Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su presidente.
- Expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros y conferir los empleos civiles y militares y conceder honores y distinciones con arreglo a las leyes.
- Ser informado de los asuntos del Estado y presidir cuando estime oportuno las sesiones del Consejo de Ministros siempre a petición del Presidente del Gobierno.
- En relación con el poder legislativo
- Sancionar y promulgar las leyes. Esta potestad del rey, constituye un reflejo del poder legislativo que en otros momentos encarnaba el rey. El rey no se puede negar, que dispone para ello de quince días.
- Convocar y disolver las Cortes y convocar elecciones, según los términos previstos en la Constitución. Esta prerrogativa precisa el refrendo del Presidente del Congreso y en otro caso precisa la propuesta del Presidente del Gobierno.
- Convocar referéndum en los casos previstos en la Constitución, mediante propuesta del Presidente del Gobierno.
- Política internacional
- Acreditar a los embajadores y otros representantes diplomáticos
- Al rey le corresponde manifestar el consentimiento del Estado para obligarse internacionalmente por medios de tratados, de conformidad con la Constitución y las leyes, es distinto el órgano al que corresponde prestar el consentimiento y el Rey, al que corresponde manifestarlo.
- Al rey le corresponde previa autorización de las Cortes Generales declarar la guerra y hacer la paz.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Payne: «Quien defienda la República en España merece estar en un manicomio»
El prestigioso hispanista norteamericano Stanley Payne calificó de «trance muy complicado» y de «inédito» el momento que atraviesa España y advirtió sobre los desastres que puede traernos el «nuevo movimiento republicano».El historiador recordó que la experiencia republicana en España «ha sido desatrosa, pues la Primera colapsó el país y la Segunda lo dividió en una Guerra Civil». «Si con esta experiencia alguien cree que la República puede ser en este momento una solución para España, merece estar apartado en un manicomio», afirmó, intentando suavizar con sentido del humor su seria advertencia.
Payne hizo estas afirmaciones a un grupo de periodistas españoles después de pronunciar una conferencia en la Cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad de Georgetown sobre «La España del siglo XXI: logros y retos», en la que hizo un repaso a la historia reciente de nuestro país tras la muerte de Franco y a la que asistió Don Felipe, que se encontraba de visita oficial en Washington.
No sólo la izquierda radical
El hispanista excluyó de esta tendencia republicana al «hombre de la calle, que no está politizado», y apuntó a «la extrema izquierda, a algún sector del Partido Socialista y a los ex comunistas, la llamada «izquierda hundida»», una minoría que, según explicó, no valora lo que significó la Transición de España a la democracia.
En su opinión, «el nuevo movimiento republicano hasta ahora no ha creado grandes dificultades, pero no sabemos qué va a ocurrir en el porvenir, porque pasar de la actual Constitución y de la actual estructura del Estado, instaurar la República o hacer una Segunda Transición será desastroso para España».
No obstante, Payne matizó que aunque un cambio drástico de sistema sería catastrófico, «otra cosa es reformar la Constitución, porque toda Constitución es reformable y, a veces, incluso deseable».
También se refirió en sus declaraciones al problema del nacionalismo radical, motivado por «la ausencia en la Constitución actual de un techo» que limite la transferencia de competencias a las Comunidades. En este sentido, añadió que conseguir que la estructura del Estado sea «estable» corresponde al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, algo que, en su opinión, «ha funcionado en el caso catalán, pero es mucho más difícil en el caso vasco», ya que implicaría una reforma de la Constitución no modesta, ni marginal y «éste es uno de los peligros» que amenazan a España.
Preguntado sobre la incapacidad que demuestran los dos grandes partidos, PP y PSOE, de ponerse de acuerdo sobre temas fundamentales, como la reforma de la Constitución, las autonomías y el terrorismo, P
ayne quiso ser prudente: «Hay que ver qué propuesta y en qué términos hace el Gobierno y cómo responde el PP. Pero será complicado, sobre todo en el caso vasco, porque hay exigencias enormes que son muy difíciles de satisfacer dentro de los moldes democráticos».Además, aludió al «Gobierno interno del País Vasco» y afirmó que en esta Comunidad «no se respetan los derechos constitucionales, democráticos y civiles como se respetan en el resto de España. Hay un problema de abandono de los ciudadanos del País Vasco. El gobierno de nacionalismo radical, en varios aspectos, restringe los derechos. Este cinismo es un gran problema».
Payne, profesor emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, es autor de numerosos libros sobre España. El último publicado es «El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-36)».
jueves, 6 de diciembre de 2007
Vigésimo noveno aniversario de la Constitución

La Constitución de 1978 realmente es una constitución muy completa. En una ocasión, el presidente autonómico de Andalucía dijo que se debería poder reformar con más facilidad como es el caso de Alemania, pero con esa opinión sólo demuestra que primero no entiende nada de la situación alemana y en segundo lugar es poco democrático pretender cambiar la Constitución al antojo de las mayorías existentes. Alemania no tiene constitución, sino una Ley Fundamental, una pseudo-constitución, promulgada en 1949 tras la división efectiva de las zonas de ocupación occidentales y la zona soviética, por concesiín graciosa de las tres potencias vencedoras occidentales EE.UU., Gran Bretaña y Francia, que habían decidido dividir Alemania en virtud de los Acuerdos de Yalta y en desprecio de la soberanía del pueblo alemán que entonces y hasta 1990 prácticamente no existía, una Ley Fundamental que establecía que t
ras la reunificación se debía elegir una asamblea constituyente para que sea el pueblio alemán quien votara una nueva Constitución, precepto incumplido al igual que la trampa de la reunificación (parcial) con Alemania central (la antigua RDA comunista) mediante una adhesión a la República Federal de Alemania.
Señoras y señores Diputados,Señoras y señores Senadores:
